La encontré sentada en los escalones del porche, cogiéndose fuerte las rodillas y con la cabeza agachada. Le caían los rizos lentamente por la espalda, el frío del atardecer los movía a su antojo mientras congelaba despacio las pequeñas estrellas que le rondaban las mejillas. No, no eran lágrimas, hacía tiempo que Maia no lloraba. En lugar de eso, la chica miraba fijamente un punto de luz hasta que sus ojos verdes se tornaban de un color tan dorado como el oro, o incluso más. Las pupilas se dilataban, el corazón se le encogía y entonces, por unos segundos, dejaba de respirar, el mundo paraba de girar y su pequeño universo ahora hecho añicos recobraba un poco de cordura. Llevaba tres semanas sin derramar una sola lágrima, desde aquel domingo, como hoy, y el frío de la tarde no era lo suficientemente importante para despertar lo que hacía veintiún días llevaba profundamente dormido en algún rincón dentro de ella.
Entre sus brazos tenía la cajita de música que su héroe le había regalado apenas un mes atrás. Las notas que salían del interior parecían jugar con sus suspiros en anacrusa y la vieja madera de la tapa chirriaba al ritmo de unos lentos tresillos mal formulados. Los escalones crujían, a lo lejos cantaba un pajarillo y se oían las protestas de algún gato callejero. Todo estaba lleno de sonidos, pero sin música. Faltaba el violín, su violín. Faltaba que se abriera la puerta de entrada y apareciera brillando la sonrisa de su padre detrás de aquél instrumento para hacer que todo volviera a la normalidad.
Maia siempre había sido de tez pálida, de movimientos pausados y palabras bajitas, por eso a nadie le preocupaba en exceso la actitud de la chica. Después del trauma sufrido, cualquier niña de tan corta edad, pues aún podía decir los años con los dedos de sus manos, habría reaccionado igual. Pero Maia no era como las demás.
-"Papá", susurró en un hilo de voz reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, "Soy un hada, tú me lo decías, tú lo viste y yo te creí. Ahora que no estás y tengo tanto miedo, ¿con quién voy a compartir mi secreto? ¿Quién va a ver mi luz?"
Y una ráfaga de aire llegada de no sabemos dónde, la abrazó.
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Parece que eso de pedir cuentos con tres palabras (secreto, música y verde)
y un número (21) se está convirtiendo en rutina.
Nada más lejos de la realidad, pero tengo cierta debilidad por los anónimos simpáticos.
Siempre hay alguien para ver ese brillo y compartirlo. Me ha hecho gracia el final. Ya tu sabes.
ResponderEliminarSiento lo del viernes, estoy deseando hablar contigo.
Te echo de menos..
Un abrazo sigue siendo un abrazo de la manera q sea :)
ResponderEliminar+1 a Cé. Estoy aquí conteniendo la lagrimilla... ;)
ResponderEliminarUn besito
que bonito y triste a la vez. Te da ternura esa hadita, ahora tan sola. La perdida es muy mala, y más a esa edad
ResponderEliminarMe ha emocionado un montón. La calidez de un abrazo convertido en ráfaga de viento. Te admiro mucho.
ResponderEliminar(Da rabia ver como la persona que admiras, en mi caso tú, se pasó por tu blog abandonado el 2 de Diciembre y yo no me dí cuenta hasta ayer. Jo, en serio, me han entrado ganas de llorar. Es que, me cambié el blog, me hice uno nuevo y el que comentaste pues esta abandonado. Te dejo el link aquí de tu comentario, para que sepas de lo que te hablo: http://soylibreatulado.blogspot.com.es/2012/11/soy-tu-princesa-con-corona-de-carton.html. Ahora tengo un nuevo blog. Mil gracias por pasarte, en serio. Me has hecho feliz).
Besis de esquimal.