De buena gana confirmaría los rumores de que esta va a ser la última vez que te escriba pero (siempre hay un pero), desde que viniste a casa preguntar con qué corbata estabas más guapo, se de sobra, que no, que ni siquiera es la penúltima o va a haber solo un par de ellas más que hablen de ti, Desastre.
Amanece, amanezco, y no ha dejado de llover. Como aquel día que no paraba de llover. Rabia e impotencia al ver la luz parpadeante que indica que algún borracho de madrugada se acordó de mi y decidió que era un buen momento para echarme de menos. Y llueve y el sonido de las gotas al chocar sobre los adoquines, sobre la terraza, sobre mi ventana, me enerva aún más... ya no oigo ni lo que pienso.
Me pregunto quién estará llorando tanto para que llueva así de fuerte.
Y así, en mitad de mi mala mañana, apareces.
Un gesto, una mueca, un 'paso de largo y me vuelvo para saludarte', tu dame un beso... te has llevado mi calor, tu sola presencia ya me calienta hasta el alma. Traías la inspiración de una mano y las buenas noticias de la otra, y esa felicidad de apretar los dientes que sólo tú sabías, sabes, regalarme. Puede que no quiera reconocerlo pero, hoy por hoy, me das la vida.
Que me conformo con poco, y reconocería ese olor hasta en el fin del mundo.
Gracias, pequeño Desastre animal, por esa felicidad contagiosa.
Y soy feliz porque ya no me dueles.




