Dirección.


De buena gana confirmaría los rumores de que esta va a ser la última vez que te escriba pero (siempre hay un pero), desde que viniste a casa preguntar con qué corbata estabas más guapo, se de sobra, que no, que ni siquiera es la penúltima o va a haber solo un par de ellas más que hablen de ti, Desastre.

Amanece, amanezco, y no ha dejado de llover. Como aquel día que no paraba de llover. Rabia e impotencia al ver la luz parpadeante que indica que algún borracho de madrugada se acordó de mi y decidió que era un buen momento para echarme de menos. Y llueve y el sonido de las gotas al chocar sobre los adoquines, sobre la terraza, sobre mi ventana, me enerva aún más... ya no oigo ni lo que pienso. 

Me pregunto quién estará llorando tanto para que llueva así de fuerte. 

Y así, en mitad de mi mala mañana, apareces.

Un gesto, una mueca, un 'paso de largo y me vuelvo para saludarte', tu dame un beso... te has llevado mi calor, tu sola presencia ya me calienta hasta el alma. Traías la inspiración de una mano y las buenas noticias de la otra, y esa felicidad de apretar los dientes que sólo tú sabías, sabes, regalarme. Puede que no quiera reconocerlo pero, hoy por hoy, me das la vida. 

Que me conformo con poco, y reconocería ese olor hasta en el fin del mundo.

Gracias, pequeño Desastre animal, por esa felicidad contagiosa.

Y soy feliz porque ya no me dueles.

Novedad.


He tenido una idea.

Ha venido a visitarme la inspiración, de pasada, una visita rápida, y traía debajo del brazo ahí escondida una brillante bombillita de esas que no se funden y son de bajo consumo, que sino la cabeza me estalla.

Ya ves, así soy yo. Pretendía esta noche hundirme hasta lo hondo del sofá con película, manta y helado, y llorar hasta gastarme y he acabado con un nuevo proyecto en mi cabeza.

¿Que por qué me gusta la lluvia? Joder, ha llovido hoy sobre mojado, pero el cielo está raso. Cuánto brillan mis estrellas. Nos miran, nos sonríen y me guiñan el ojo de vez en cuando. Qué bien me sientan estos pequeños detalles.

Que bueno saber que estarás.
Qué bueno saber que estabas ahí cuando pedí el rescate.

*Qué bueno saber que siempre has estado.

Aún todavía.


Estamos hechos de un puñado de recuerdos y un par de cicatrices. Quizá unos pocos más. Ese conjunto de momentos congelados guardados bajo siete llaves en nuestra particular cajita de Amélie es lo que nos hace grandes, o pequeños.


Eso somos.
Ni más, ni menos.

Pero ahora que lo pienso, no quiero saber qué tienes que contarme. Nunca antes el 'Sí, ya lo verás' por respuesta a 'Cuando me gire entre la gente, ¿serás tú?' me había sonado tanto a maldición... Que no quiero girarme y encontrarte. Ya no.

Explícame con qué derecho te cuelas de nuevo en mi vida. Explícame a qué viene recordarme toda nuestra historia en un segundo, con una caricia. Atrévete a decirme que no has pensado en mi y en nuestro último día. Explícame con qué cara hago de tripas corazón y te ignoro. Explícame cómo me trago este año y medio, y te dejo volver. Explícame cómo vas a tener los cojones de volver a enamorarme. Y explícame, si puedes, si eres capaz, cómo mierda vas a hacer para no pisotearme como la última vez. 



*Secreto* 
¿Sabéis que es lo peor? 

Lo siento.

El adverbio simplemente denota simpleza, sencillez. Y después de todo, tienes mi beneplácito a calificar esa situación como te de la gana, menos simple. 

No entiendo por qué algo que no te incumbe más que a ti o, digámoslo de otra manera, algo que no tiene nada que ver conmigo, me ha afectado tanto. Por qué me ha dolido, por qué he roto a llorar en el tren, rodeada de tantos extraños, por qué este enfado injustificado e infantil. Supongo que has sido mas 'valiente' que yo en todos y cada uno de esos días en que pensé quitarme del medio, evaporarme, irme de verdad... y es cierto que nunca después de aquellos momentos en los que me faltaba el aire y me fallaba la vida entera, lo he vuelto a tener tan claro. Y así debe ser.
Has sentido lo que ella, quizás, pero ahora se han vuelto las tornas y los demás somos los que sentimos ese miedo y ese revoltijo de sentimientos que te rondaron a ti por la mente. O quizá no.

No lo entiendo.
No te entiendo. 
No me entiendo. 

Hace tiempo que no rompo ventanas, tengo miedo de que entres como el aire.

No. No quiero que lluevan cristales. Esta vez no. 
*Otra vez no.

Pie grande.

"Este año lo notarás horrores cuando vuelvas, tienes que ser consciente de que has dejado definitivamente el nido, que cuando vuelvas te van a molestar más cosas, te vas a volver más huraña. Así es como funciona, ahora eres responsable de tus actos, aunque para la familia, para tus padres... para ellos serás siempre alguien que no tiene suficiente autoridad para hacerlo. Conforme pase el tiempo te sentirás más fuera, los billetes de vuelta serán los de ida, y cambiará el lugar al que llamas hogar. Aceptando eso, todo irá sobre ruedas."

Ahora sólo me queda aceptarlo para no dormirme llorando por las noches.

Fuiste Phils Collins.

No te recordaba, pequeño.

En mi cabeza sólo tenía esa imagen tan tuya de las veces que me ganaste tumbándote en mi vientre, de mis ganas de escucharte, de los medios guiños por los pasillos, de los abrazos que nos hacían querer y poder hacer que el tiempo se mantuviera inmóvil... Pero al verte hoy, tal vez por unos últimos acontecimientos que nada tienen que envidiar a nuestras noches en vela, te he recordado.

A ti, y a los bocados en los labios, a las heridas de amor en mi cuerpo, a los arañazos en la espalda. He recordado las largas noches de insomnio y las mañanas de sexo pasional. Tómame como desayuno. Cómeme. 

A ti, y a tus formas de pedirme un poco más, y a mi forma de venderte mis excesos y beberme los tuyos. A ti, y a tu manera de explicarme lo sencillo que a menudo resulta todo. Que lo que echo de menos de ti es el polvo de las cuatro hasta las seis, hasta que los pajarillos nos daban los buenos días y nosotros contestábamos con un buenas noches. 

Qué historia, la nuestra. Qué puto placer, qué traición al subconsciente...

Aún recuerdo cuando me incendiabas.
Queda un poco lejos cuando me incendiaste.

La chica huracán.

Después de más de un año, con sus días y todas sus noches, he vuelto a reír a carcajadas por motivos de este tipo. Han vuelto las mariposas, las risas tontas contando una historia que no tiene ni principio ni final porque apenas hay historia. Mi miedo se crece porque paso las tardes alimentándolo, esperando a que vuelvas, pensando que un día más es un día menos. El miedo a que no me dejes seguir y te estanques en ese rincón de mi cabeza para siempre, y siempre se me antoja demasiado tiempo. El miedo a no volver a sentir por nadie la mitad de lo que llegué a sentir por ti. El miedo ese que se me ha colado dentro, el que se hace más y más grande mientras yo me hago más y más y más pequeña.

Cógeme la mano pero no me ates, que yo siempre fui la chica de las ideas claras y los pensamientos turbios.
No quiero echar las campanas al vuelo, no tan pronto

Casualidades.

Me suele pasar que tengo un problema gordo y por más que busco una posible solución, aunque sea paliativa, esta se esconde tan bien que ni siquiera me acerco a ella. Pero aquella vez, para bien o para mal, fue diferente.
Una tarde normal, de un día cualquiera, la misma conversación tensa, hasta que explotas. Esa era mi situación. Las lágrimas que mi madre dejó caer durante las dos horas que duró la comida de despedida, unidas con las pocas palabras ausentes vacías de afecto, no me habían ayudado a superar el miedo a vivir sola. Los comentarios directos de mi padre, los besos de pasada... No me dejaron otra elección. Y así acabé, en ese café que tantas historias había escuchado. 
Sola.
Rodeada de gente.
Pero sola.
Y de repente...

Click. Una foto. Afuera estaba ocurriendo el atardecer más maravilloso del mundo y yo me lo estaba perdiendo. Saqué la cámara, y justo cuando fui a disparar, una furgoneta pasó por el escaparate, y mi cámara enfocó al tipo que estaba sentado justo delante. Alguien en el que no había reparado antes. Había estado ahí y yo, obcecada en mis problemas, no había visto su cara de desesperación después de aquella llamada, su movimiento de resignación al quitarse el sombrero, su amabilidad al girarse y pronunciar con los ojos vidriosos y la voz temblando un "yo invito a la siguiente ronda, por favor". Qué ironía. Apareció de la nada para enseñarme que la vida es eso, enfoques, perspectivas, puntos de vista...

Y en ese momento, 
un gran RESET en cursiva apareció como subtítulo en la historia de mi vida.