Farewell

Una vez leí en algún libro que las cartas de amor empiezan sin saber lo que se va a decir y terminan sin saber lo que se ha dicho. Esto no es una carta de amor (o quizá sí) pero aún así no se muy bien lo que voy a decir, he perdido el don de la palabra, o del sentir, así que ni la releeré antes de publicar, prometido.

El otro día me preguntaron si prefería el sufrimiento como único sentimiento o no sentir absolutamente nada. "El sufrimiento" contesté, sin pensármelo dos veces. Y es que nada es un vacío demasiado grande, y del sufrimiento siempre sale algo, aunque sea historias que contar. Pero yo ya no siento nada.

Contaría lo que me ocurre pero los que me conocen saben que nunca me ha gustado hablar de lo que pienso. Se me da mucho mejor escuchar a los demás, aunque últimamente me he encontrado a más gente así. Pero es cierto, me siento bien cuando alguien confía en mi, aunque eso implique una responsabilidad enorme y a veces me da miedo, pero esa es otra historia.

No se ni lo que escribo, ni cómo lo escribo. Esta entrada no va a tener ni pies ni cabeza pero mejor, así ni piensa ni puede salir corriendo. Estoy rota, hecha trizas, y me hago daño con mis propios cristales.

El caso es que tengo que dejar esto un tiempo. Pero no de escribir, eso nunca. 
No se quién soy, pero juro que encontraré una respuesta, o moriré en el intento. 
Sólo dejaré de publicar aquí, 
hasta que me aclare,
hasta que me encuentre, 
hasta que alguien me salve, 
hasta que algo me encienda...

Y, si eso no pasa, siempre podéis releer mi pasado, cargado de recuerdos bonitos.

Lo siento, de corazón vacío.


Inventiva, tú.


Corres por mis venas. 

A veces pienso que ni tú ni yo existimos nunca, que ambos éramos producto de la imaginación del otro, a pesar de sentirme inmerso en una pesadilla de la cual no podía despertar, me resigno a pensar que no existes. He creído verte muchas veces y cuando me he atrevido a tocarte, mi mano atravesó tu cuerpo… pero notaba una reconfortante calidez en la punta de mis dedos que me empujaba a seguir intentándolo, era una sensación única, llena de contradicciones, un sí y un no, un caminar para delante y a la vez retroceder. Inexplicable. Con el paso de los segundos, los minutos, las horas, las semanas… tu cara se fue difuminando, tu mirada ya no estaba anclada en mi mente y tu silueta ya no me prohibía dormir. Sin embargo tu voz se escuchaba igual de nítida en mis tímpanos, esa dulce vocecilla que me decía qué hacer a cada momento, esa que me decía cuando acelerar o frenar… a esa no la borró el tiempo.

Corres por mis venas, las recorres, como una vez recorriste mi cuerpo y mis ganas, menudo valiente. 

Las otras veces, ay, las otras veces. Te encontraba en los cafés, en la parada del autobús, por las esquinas… Creía verte hasta en mi cama desnuda entre las sábanas revueltas, como entonces. No podría vivir sin tu recuerdo, si es que a esta mierda se le puede llamar vida. Que cuando no me viene solo me lo invento y si no te imagino creo que reviento. 

Voy a la ducha. Este pensar me provoca escalofríos y necesito que se me acaricie aunque sea el agua. Me estoy volviendo loco, más loco de lo que ya lo estuve por tus caderas la noche de aquel día, aquella madrugada. Esta locura me mata cuando una vez me dio la vida, con tus suspiros a quemarropa, con tus insaciables excesos, tus ‘dame más’... Agua tibia para este corazón helado, por favor. Agua transparente, algo que tú jamás fuiste. Mentirosa… Aunque he de reconocer que más pura que tú no hay nada, o será que sigo sin encontrar nada comparable que se te asemeje, nada puede hacerte sombra. Sombras, las que me siguen atormentando, las que hacen que imagine hasta el sonido de la cerradura de la puerta de la entrada, el choque de llaves sobre el cristal de la mesa, tu ligero taconeo, tu... 

“He vuelto. Soy yo.” Y creo que resbalo.
Deja de intentar asesinarme.


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Hace unos días, Álex pidió un cuento. 
Desde entonces no para de hacerme rabiar pero, a veces, 
si nos ponemos de acuerdo, salen cosas como esta. (¡Aquí más!)
Él (en trance) al principio, yo al final. 

Huracán no, brisa.



Eres el hombre de mi vida, o eras, ya no lo sé.

Definitivamente, aunque el otro día muriera entre suspiros el 'Te quiero' que te tenía preparado, lo sigues siendo. En parte porque tú tienes el papel de la bruja de aquella leyenda, más bien el mago. Mi mago. Tú serías el final de mi Hilo Rojo. Pero entiende, comprende, que a veces te rompo y me rompes. O nos rompemos, cada uno por separado y a la vez por el mismo motivo, como anoche. Tú, en cada uno de los kilómetros que este fin de semana no he podido recorrer contigo, con vosotros. Yo, en cada segundo de la angustia que anoche se adueñó de mi pecho y hasta de mi vida, en cada lágrima que me secaba rápido para no verme llorar (sí, yo misma, nadie miraba). Me rompía porque no quería desaparecer. Qué idiota soy a veces.

Recuerdo cuando una vez, de pequeña (como si fuera muy grande ahora), hiciste un ligero comentario sobre mis cuadernos. Una tontada, un capricho, te cansarás, dijiste... De esas palabras que se escupen al aire con una pizca de chulería, sin motivo, sin ánimo ni ganas de ofender, o sólo un poco. De las que hielan el alma y me hacen tan invisible que ni me siento ni me ves...
Recuerdo cómo no me salían ni las lágrimas, nada propio de mi, que soy una llorica salvo cuando pico cebolla, pregúntale a ella. Recuerdo la sensación de rabia, de impotencia. Ese malestar general. Quién eras tú y qué habías hecho con aquel que juró protegerme siempre. Quién te habías creído para juzgar hasta la última gota de mi esencia. Quién mierda eras para reírte de mis ideales, de mis pilares, para hacer temblar mis bases. A qué te crees que juegas, cuando yo no soy ni juego ni juguete.

Y es que esta mañana me he sentido un poco así.
Y ya se que soy un poco idiota.
Y tengo miedo.

Cuento en trance.

Voy a contarte una historia de buenas noches…
Chica Huracán.

Era él, estaba segura. 

Hacía frío. Las noches de diciembre no eran recomendables en su estado, o eso se empeñaba el doctor en recordarle durante cada una de sus visitas. “Se está usted muriendo” y él le apretó la mano y empezó a llorar. “Que soy yo la que me estoy muriendo, joder” murmuró en silencio viendo el rostro pálido de su marido. Y empezó a odiarlo en ese instante. En lugar de dormir por las noches, de padecer por la IMPOTENCIA, de limitarse a llorar por las esquinas por una vida que se le acababa como el agua se nos escapa entre los dedos, era ODIO lo que sentía. ODIO por sus letras, quizá era eso lo que la estaba matando y no la enfermedad. Estaba enferma de AMOR y él no lo veía. 
Empezó por odiar su pena. Él se desvivía por curarla y mientras ella le echaba en cara hasta el último trozo de la vajilla. La de bodas, la blanca, la pura. Los rompió uno a uno: Primero las tazas de té, de ese que compartían los martes antes de las clases de fotografía. Luego, los platos llanos, los de la cena de los sábados en la cama, esa que se quedaba siempre a medio porque acababan devorándose el uno al otro. Y, finalmente, los de la sopa, los de los domingos, los de “toma un caldo calentito que tienes que reponer fuerzas”… Todo hecho añicos, hecho pedazos esparcidos por el suelo. Y ella pretendía andar descalza.
Acabó por odiar su compañía, sus besos de buenas noches, sus caricias y sus poemas. Lo odiaba a él, a su cuerpo perfecto, a esos labios que alguna vez la recorrieron entera y ahora se limitaban a susurrarle al oído cómo saldría de esta. No, ella tenía claro que no iba a curarse, y no tenía miedo. Ella quería que volvieran las noches de excesos, echaba de menos sentirse querida, sentirse libre y atada a cada uno de sus huesos. Quería que se partiera la cama en dos y no que se partieran el uno al otro el corazón.
Hasta que, aquella noche, decidió ponerle fin. Su estado febril la hizo enloquecer, un poco más si era eso posible. Y con los últimos suspiros de vida se aferró a los recuerdos y a sus ganas. Salió de la cama, se vistió con su bata de seda y se echó a la calle en su busca. El reloj marcaba las tres, como tres eran los meses que había escritos en el jodido papel, y se le estaban agotando. Recorrió las calles, oscuras, tan vacías como ella. Y llegó a aquella plaza donde sabía que le encontraría.

Era él, estaba segura. Allí, en el banco de la izquierda, como tantos días, como tantas madrugadas…

-Buenas noches, dije, y me quedé plantada en la plaza.
-Buenas noches, contestó, y se giró. Le agarré del brazo.
-Lo decía a modo de saludo, AMOR. Porque aún puedo llamarte así, ¿verdad?

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Y esto es lo que sale cuando alguien pide que le cuentes un cuento,
 y te da tres palabras (en MAYÚSCULA) y un número

Aguarda, (sólo si vas a quedarte).


Esta entrada viene de la mano de un Amarillo
Sí, creo que es hora de ir llamando a las cosas por su nombre...

Y yo esperaba que todo esto nunca terminase, yo esperaba que fueses mi sastre de sonrisas. ¡Ingenua de mí! Esperaba que todo esto fuese un cuento de hadas... Esperaba que por fin viniese alguien a rescatarme de aquel castillo en el que permanecía (y permanezco) encerrada. Qué inocente, tonta y patética. Qué cría era y que cría sigo siendo. Quería que fueses tú quien encontrase a otra, parecía que así dolía menos. Quería, quería, quería y por querer aquí me ves, jodida. Menos de lo que crees, más de lo que creo. Autoengañándome hasta diciendo que no lo hago. 

Eh, dale al pause y que alguien me explique dónde está el botón para borrar esta parte de mi vida. A mí déjame volver a aquel día que ya me las apaño para crear un presente feliz (o al menos intentarlo). Quiero que todo esto haya sido un (pequeño) paréntesis y así olvidarnos en un abrir y cerrar de ojos. El olvido duele tanto... Y más duele si tú intentas olvidar miemtras tú te quedas en el olvido. Qué jodido es el amor y qué jodidamente fácil parece en las películas.

Ni puedo hacer que me quieras ni quiero quererte, este bucle me marea. Te avisé, maldita sea, estabas advertido. Tú también recuerdas mis 'No me prometas nada que no puedas darme' y los 'No quiero nada que me vayas a quitar'. Hablaba en serio, tanto como tú cuando afirmabas que lo echarías todo a perder, que tiempo al tiempo, y te empeñaste en cumplir tu promesa. Eso sí que es ser valiente y a la vez tan cobarde. Hasta tú te creíste tus cuentos chinos y por eso no puedo culparte, pero entiende que ya no te crea. 

¿Recuerdas la historia de Pedro y el lobo? ¿Recuerdas lo que pasa cuando se dicen muchas mentiras? Pues bien, aún así, después de todo, tú eres el lobo de ese cuento. Con piel de cordero, claro está... Y yo sigo esperando que vengas a comerte mi rebaño, que muerdas mis pesadillas, que mates mis miedos. Esperaba, esperaba y aquí me ves, esperando. Sigo esperando. Destrozada, pero esperando. Rota, hecha añicos... Yo, y mis miedos, y mis excusas, y mi eterna tiritera, y el dragón que custodia mi torre a la espera de morir en tu intento de salvarme... Todos esperamos. 

 Estoy hecha de ilusiones, soy ilusa en el olvido. (Somos).

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Creo que tanto Ella como yo somos dos almas cansadas, cansadas de estar cansadas. 
Nos buscábamos sin buscarnos hasta que, al final, nos encontramos. 


Valiente

"Se busca afinador de corazones" rezan sus cansados ojos de tormenta. 
¿Todavía no has aprendido a mirar sus ojeras y leer entre líneas?


Si me prometes, por ejemplo, que has de llegar algún día,  que vas a arreglarme, que puedo pagarte a plazos,  comenzaré a ser feliz desde las diez.
O un poco antes, para no enloquecer.

Huyamos.

A ver quién es más...

Tengo borrosos los recuerdos y sigo sin entender por qué los llamo así. Cuerdos, lo que se dice cuerdos (y se vuelve a decir) no eran mis gritos. No eran cuerdos tus suspiros ni sanas tus ganas. No tenían sentido las horas que pasé dentro de ti. 

Te desgarré y me agarró el miedo, fuerte. Muy fuerte. Pedías más y ni te oía ni quería escucharte. Me matabas a cada movimiento, un poco más. Me congelaba el frío de dentro aunque por fuera tú quemaras. Que yo había llegado a tu cintura en un intento de huir de mis demonios y encontré en tu cuerpo desnudo el más fuerte de todos ellos. Qué podía hacer yo ante tal obra de arte, helarte... 


Lo siguiente que recuerdo es mi intento de abrir los ojos desde el suelo del pasillo. Pesadillas, habías poblado mis pesadillas, habías invadido lo poco que me quedaba de intimidad, esa de la que por ti perdí el control, joder.

'Cariño' y supe que era cierto, había vuelto a pasar. Puta tú y putas mis mañanas.
'Vuelve a la cama' y me giré. Y tus piernas dejaron entrever el poquito de luz que me hacía falta para entenderlo todo, o para desentenderlo, como anoche me desentendí de nuestro pacto al perderme en ellas. ¿Y todo para qué?

Qué frío hace en tu cuarto. 
Qué helados tenías los pies. 
Qué manipuladora estás hecha...
Menudo corazón de piedra el tuyo.


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Dad gracias a la foto (aquí más) cedida por Aby
Ella y sus historias han sido mi musa esta vez y, espero, lo sigan siendo de cuando en cuando.

Tinieblas.

Te he buscado por todas partes, aunque desde el principio sabía que estarías aquí, escuchó Roux a sus espaldas, e hizo un intento de secarse rápidamente las lágrimas con el puño de la sudadera. Katerina era la última persona  a la que quería ver en ese momento, aunque bien sabía que era también la única persona que podía entenderla. Era la enfermedad y la cura, ambas al mismo tiempo.
Se giró, y se dejó abrazar con fuerza, como si con ese abrazo las dos chicas fueran capaces de parar el tiempo, de evitar que la tierra siguiera girando...
-Cuéntame, pequeña pelirroja, cuéntame por qué esos ojos hinchados. Roux, ¿qué ha pasado?
-Lo de siempre, Katty, mis padres han visto otra foto y mamá ha montado en cólera. Y yo ya no puedo más. No quiero hacerte daño, no quiero seguir engañándoles, no quiero tener que elegir. No quiero que seas una "amiga" a ojos de ellos, no quiero ver a mi madre mirarme como si no me conociera, como si la hubiera decepcionado por el hecho de ser como soy. Estoy harta de escuchar los "es una tontería de juventud" de mi padre. Y no me veo capaz de seguir con esto porque lo que más me duele de todo es sentirme pequeña cuando siempre he sido yo la que tiraba de los demás, la que tenía fuerza para todo y para todos y aún me quedaba para mi. Me siento egoísta, me siento absurda, me siento débil... O no, ese es el problema, que ya ni me siento.
Katerina la miró con esos ojos que sólo se mira a alguien con quién estás dispuesto a compartir el resto de tu vida, le secó las lágrimas de nuevo y empezó a bajar todas las persianas de la antigua biblioteca abandonada. Su escondite secreto. Qué ironía, pensó, hace casi medio año pasó al contrario...
-¿Qué haces? preguntó Roux desde su rincón.- ¿Por qué lo dejas todo a oscuras?
-Verás, pelirroja, voy a explicarte algo. ¿Me oyes?
-Sí, sí, pero no te veo...
-Eso es, prosiguió Katerina. Así empezó todo y así será siempre: Voy a estar aquí aunque tú no me veas. Deja que sea yo quién te salve ahora... ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Yo estaba sentada justo donde estás tú, ahí me encontraste. Estaba hundida, destrozada, y tú te empeñaste en recoger mis pedazos y recomponerme aún sin saber ni siquiera mi nombre... Mi mundo estaba vacío, tan oscuro como esta habitación, o incluso más. Hasta que llegaste tú. Y entonces...
-Entonces, ¿qué? Balbuceó Roux con un atisbo de ironía y curiosidad.
Katerina se sacó un objeto del bolsillo, sonriendo al haber evitado la cara de "¿has vuelto a fumar?" que pondría su chica...
-Y entonces... (click) Tú. Nosotras.

Entonces, luz.

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Gracias a Álvaro (sí, con mayúscula) por prestarme la fotografía (más si haces click aquí), y por todo lo demás.

Una hache no muda.

Había tocado fondo, o eso pensaba, una vez más. 
¿Motivos? A patadas, en exceso.

Algo no marcha bien cuando los abrazos de aquellos que más te quieren te hacen daño, cuando eres incapaz de estar en la misma habitación que ellos sin notar que te falta el aire y se te hace el típico nudo en la garganta que te impide hasta llorar. Porque las lágrimas ya no tienen aquí razón de ser y salen de improviso y sin ser llamadas. Cómo queman. Cuánto duelen.

Algo falla cuando no me acuerdo de nuestro último achuchón, cuando oigo toser del polvo acumulado por el paso del tiempo a los buenos días y a las buenas noches. Voy a buscarlos al cajón de objetos perdidos, están pidiendo a gritos un rescate. Y un simple gracias me resquebraja por dentro. Sí, todavía más.
Así que he tomado una decisión, podéis reíros y preguntar qué tiene esta de diferente. Pero, oye, no voy a perder nada que no haya perdido ya. 

Voy a levantarme, eso haré.

Voy a romper estas viejas cadenas aprovechando lo oxidadas que están de lo mucho que llevo llorando, de lo mucho que llevan atándome. Voy a perder este temor a volar, a tener en cuenta de una vez por todas que no todos sois buenos sino que os movéis por el interés. Que os gustaría más verme hundida, para sentiros importantes si lográis fingir que podéis sacarme del pozo.Total, para luego verme las lágrimas y no saber reaccionar... Idiotas. Ilusos.

Que os da miedo que vuele porque puede que salga de vuestro campo de visión y usáis mi miedo como vuestra excusa, pero esta vez (me) pueden más las ganas. Que a mi lado quiero no a quién se alegra por mi sino a quién sea capaz de alegrarse conmigo.

Menudo alboroto de sinsentidos, menudo caso, menudos caos. Pido perdón, escribo lo primero que me viene, no tengo muy claro si manda la cabeza o el corazón. 
Escribo lo que me mata y aquello que me da la vida. 
Escribo lo que soy.