He vuelto a soñar contigo.


Voy a (d)escribirte. Te lo debo. 
Bueno, no, tú no te lo mereces, 
me lo debo a mi:

No soy yo de aquellas que tienen miedo a enamorarse, ni mucho menos. El amor es bonito, aunque quizá en estos casos sea demasiado fuerte hablar de amor, le viene un poco grande. Aunque,¿acaso no podemos llamar así a este sentimiento de cariño hacia alguien o algo? No estoy enamorada, pero no negaré las sonrisas de idiota, ni la tranquilidad de tus buenos días o de tus buenas noches, ni el pellizco que aparece en el estómago con cada una de tus palabras. Aunque al final no sean más que eso, palabras.

Y ahora ponedle un nombre, el que os de la gana, que a mi poco me importa.

Lo que ocurre es que siempre he tenido cierto respeto (llamadlo miedo) a que se enamoren de mi, a que me quieran. Miedo a no poder ser lo que alguien espera que sea. Por eso será que siempre prefiero salir dañada yo, porque se curarme mis propias heridas aunque sea poco a poco, pero aún no he aprendido a curar los daños que deja este Huracán a su paso.
No se si te quiero porque se me ha olvidado lo que es querer, pero voy a descubrirlo. Y no es nada valiente el estar contando esto, más bien todo lo contrario. Cobarde por contarlo ya que de un tiempo a esta parte no me importa nada. Si nada tengo, nada puedo perder. Y al mismo tiempo lo que puedo ganar arriesgándome es incalculable.
Siempre me ha gustado jugar, qué vamos a hacerle, y eso de inventar un futuro juntos se nos da bastante bien. Tanto, que olvidé que no era más que un juego, que no soy yo la que se lleva tus caricias por las noches ni son mis manos las que te encienden debajo de las sábanas que íbamos a compartir. Que el invierno viene frío pero no estoy ya bajo tu abrigo.
He perdido la cuenta de las veces que te he imaginado en la estación, con tus ojos color recuerdo y tu barba de tres días. Al verme me abrazabas, cómo no, y yo me dejaba abrazar. Y entonces el esperado beso con más miedo que dudas y con más ganas que miedo. Autobús a casa. Mira cómo ríe el conductor al ver que por fin no vuelvo sola, mira la cara de envidia al verme de tu mano. Que me miren, que hoy quiero gritarle al mundo que ya estás aquí, después discutiremos en voz algo más baja si vas o no a quedarte. Llegamos a casa y apenas he cerrado la puerta escucho un "hemos perdido demasiado tiempo". Y me besas. Y me robas un beso. Y otro. Y otro más.
Ven aquí, fiera, y tiro de ti hacia el sofá. Mi cabeza en tu hombro, tus manos en mi pelo y mi sonrisa... esa dice que tiene palco vip. Me da miedo decir algo que lo estropee, soy muy dada a meter la pata y no quiero echarlo todo a perder. Pero es este miedo. No soy como las demás, no pretendo serlo. No soy ninguna femme fatale pero tampoco voy a irte llorando. Sólo quiero que tengas en cuenta que es la primera vez que hago esto pero que también quiero que sea la última. 
Y entonces te llevo a mi cama, ya conoces las reglas. 
Lo que ocurre a continuación te dejo imaginarlo con un piensa mal y acertarás.


Deja de pedir esos deseos idiotas.
Deja de pedir esos deseos, idiota.
Que ahora cuando despierto y me doy cuenta de que te has vuelto a colar en mi sueño... lejos de enfadarme espero que el día pase rápido para volver a saber de ti, como cada noche desde que te prohibí enamorarte.

Cuidado con lo que deseas.

Madrugadas.


No te conozco y eso me da miedo. Y es este miedo que se me ha clavado muy dentro lo que me hace seguir adelante buscándote cada noche entre mis sombras, es este miedo lo que me impulsa a seguir quitando días a una cuenta atrás que no tiene ni pies ni cabeza. Pero, a la vez, me recuerdas a la frase de aquella canción: desde que te conozco te quiero conocer.

No están hechos los versos para dormir en ellos y, sin embargo, a ti se te antojan apetecibles. No son versos lo que escribo aunque lo recite, aunque te lo recite. ¿Qué por qué a ti? Te respondería con una de mis frases hechas, pero no la tengo. Así que te devuelvo el “¿quién mejor?” que me regalaste una noche, una de nuestras madrugadas. 

Y es que el día que la madrugada sea de verdad, ese día… Verás, voy a contarte un secreto. Pero shh, estate atento, estate callado porque, cuando lo acabé, negaré ser su autora, lo prometo. Decía que esa madrugada…

Podría, por ejemplo, decirte un buenas noches a modo de saludo. En mitad de una plaza, o en mitad de una calle iluminada solo por tus ojos, o empezar directamente en el centro de tu cama, quién sabe. Son sueños, ¿no? No les busques un sentido. Podría darte la mano y pasear juntos un rato, hablando de nada o estando callados porque, total, no nos hace falta hablar para decirnos lo que pensamos, lo que queremos, lo que sentimos. Entonces te diría que tengo frío, siempre lo tengo, y tú me abrazarías para intentar quitar la escarcha de este corazón de hielo con el calor de tu cuerpo… o no, ¿eres enamoradizo? Porque no quiero enamorarte, ni enamorarme yo, aunque eso sea complicado, o quizá no tanto.

Podría, por ejemplo, parar el tiempo bajo tus sábanas, se me ocurren un par de trucos. Podría contarte al oído historias que me enseñaron los que saben más que yo, cantarte una nana y dejarte dormido en mis brazos. Así, entonces, te vigilaría los sueños y no tendrías que tener miedo de las pesadillas. Que estoy segura de que nunca escucharás un “estoy aquí” más sincero que el que yo te ofrezco, Chico Lobo. Te prometo que voy a quedarme y este Huracán nunca promete nada si no está dispuesta a cumplirlo, así que no te preocupes por la letra pequeña del contrato, que no la hay, aunque parezca extraño. 

Podría, por ejemplo, dejar que me acariciaras, ya sabes cómo, ya sabes dónde. Yo mientras me perdería en tus caricias y dejaría que sólo tú me encuentres, te lo debo. Podría contarte los lunares y hacer con ellos el mapa que vamos a recorrer algún día, ¿te imaginas? Acabando en Nueva Zelanda, claro. Aunque, a decir verdad, no sé si tienes o no lunares en tu espalda. ¿Los tienes? Bah, da igual, podría inventarlos yo, y si existen imaginar que son miguitas de pan que me guían hasta tu cuello, el lugar donde mueren los susurros que, asustados, van a firmar nuestros pactos, a besos. Si no existen, si no hay lunares, no me importa. Imaginaré que las miguitas de pan se las ha comido algún animalillo hambriento y llegaré a tu cuello con otro tipo de señales. De humo, por ejemplo, a pesar de que el tabaco no me guste y estas madrugadas se estén convirtiendo en un vicio peor que la nicotina. 

Podríamos, por ejemplo, parar el mundo. Y que la gente se asuste y se pregunte quién ha cometido semejante idiotez, que nosotros estaremos contando historias bajo tus sábanas y allí abajo nada es pecado. Qué más dará el mundo si el mío empieza en tu nariz, y acaba justo abajo en esos hoyuelos que se te forman al sonreír. Así de pequeño es, así de grande te has hecho. Y sí, que nos llamen locos, pero me gusta estar loca y no cuerda, que las cuerdas atan.

Podría ser tuya, entera, toda, si quisieras.

Podría, por ejemplo, ir acabando, desearte un buenas noches a modo de despedida e intentar explicarte que me he dejado mil y un versos en el tintero. Pero, esos, los más bonitos, prefiero dibujarlos en tu espalda el día que seas tangible. Que lo malo de estas madrugadas es lo efímero que te vuelves cuando me quedo dormida, que lo que echo de menos de ti es lo que aún no he tenido pero algún día tendré. O no, quién sabe, es el destino tan caprichoso…

Ibas a arreglarme.


He borrado unas cuatro veces lo que estaba escribiendo. Había empezado por escribir las cosas que quiero decirte, pero me parece demasiado egoísta. Después empecé algo que no tenía pies ni cabeza. Luego pensé en contar nuestra historia, hasta que me he dado cuenta de que era imposible, porque nosotros, tú y yo, nunca tuvimos historia, no al menos una juntos. Y, ahora, sé que no la tendremos.

“Empieza por el final” y me rompo. El final es que estoy rota, que este cuento ha acabado justo como yo predije. Voy a estar siempre aquí, así decía el contrato. La letra pequeña rezaba que no tenías más que pedirme que me fuera para acabar desaparecida, y ahora espero que reúnas el valor suficiente para decirme el “vete” que va a acabar por curarte. Y digo esperar porque estoy aquí, sentada, escribiendo, haciendo tiempo, no por que quiera escucharlo.

Desde pequeña me advirtieron que no jugase con fuego, que nos acabamos quemando. Yo siempre fui la que seguía jugando aun con la piel quemada, y ya no somos unos niños. No, ahora jugamos con las personas, no nos hacen falta juguetes teniendo corazones frágiles que poder hacer trizas. Qué mayores, ¿eh?

Te has colado en mi rutina. Me acompañaste en los trenes de ida y vuelta, porque en un tren empezó lo nuestro, si es que hay algo que lleve tu nombre y el mío escrito a la vez. Siempre soy yo la que empiezo, es cierto, pero nunca me ha importado. No intentes buscarle un motivo porque ni yo misma lo entiendo. No me entiendo. Prometí ser tu luz y te he cegado, y ahora soy incapaz de curarte los ojos. Por querer iluminarte te he llenado de sombras.

Soy incapaz de seguir escribiendo(te), porque aún no me creo que vayas a desaparecer, porque parece que mañana será como todas las mañanas, te daré los buenos días y tú protestarás porque es muy tarde o porque anoche me dormí enfadada. Y volveré a decirte las palabras bonitas que intentan sacarte una sonrisa, para acabar sonriendo como una idiota yo cuando me las dices tú. “No mientas”, que significan dame más. Quédate, te necesito.

Me parece que todas estas palabras están vacías de sentimientos. Pero, cariño, no me juzgues, no te equivoques, los sentimientos los llevo por dentro y aún no quiero dejar que se escapen pues es lo único que me queda. Quiero romperme yo sola. Soy tan egoísta que no quiero compartir este dolor, quiero que sea todo para mí, porque es la única forma que tengo de tenerte un poco más, un poco mejor.

Y no sigo, porque no lo merecemos. Vas a irte, lo sé. Lo he sabido siempre.

Es sólo que no esperaba que fuera a pasar tan pronto.

No esperaba que fueras a pasar tan fuerte.
Porque el Huracán aquí soy era yo.

Negocios.


Una ráfaga de viento le heló hasta las ideas cuando llegó a la puerta de la vieja fábrica. Se quedó quieto y notó como la chica le daba la mano. La miró y ella le respondió con esa sonrisa que sabía que lo volvía menos cuerdo de lo habitual. Erik suspiró profundamente, con algo de resignación, y no dejó escapar la oportunidad.

-Ay Laia, mi pequeña Laia… Cuidado con las caricias, sabes que te tengo prohibidas las falsas esperanzas.
-No seas estúpido,- y le apretó aún más fuerte la mano- es sólo que este lugar me da escalofríos, me impone respeto… 
-¿Acaso tienes miedo? 
-No, idiota. Yo sólo te tengo miedo a ti, sobre todo cuando estoy delante de la cámara y tú y tu estúpida sonrisa de imbécil tras ella.
-Me has insultado tres veces, vale ya. Y vamos al lío, leona, que ese CUERPO tiene que hacer magia y estas manos están sedientas de clicks.

Laia se soltó de su mano, enfadada, e hizo sonar sus desafiantes pasos por toda la recepción de la fábrica de muñecos abandonada. El ruido de los tacones hacía eco mientras se dirigía decidida hacia lo que, parecía, habría sido en otra época un mostrador. Al ver los restos de juguetes esparcidos por la estantería sintió un escalofrío recorrerle toda la médula ósea hasta lo más hondo de su ser.  

-Esto está lleno de sueños ROTOS, Erik, -y puso su mirada más tierna para intentar convencerle- ¿no podemos hacer la sesión en otro lugar menos frío?
-Estamos en OTOÑO Laia, en dos días llega el invierno oficialmente aunque la nieve que hemos tenido que quitar para llegar hasta aquí diga que hace tiempo que el invierno hizo mella. Un lugar menos frío es en tu casa al lado de la chimenea, pero nos han pedido las fotos así y esto es lo que hay. Llevas todo el viaje protestando y ya me he hartado, porque aquí lo único que hay ROTO es mi corazón, ahora cuando acabe me llamas cursi, y tú no le haces puto caso. Así que no me vengas con chorradas de que te no te gustan los muñecos hechos trizas cuando llevas tratándome yo qué sé la de tiempo como a un juguete más. Yo sí que estoy ROTO, que cuando me llamó Rodrigo esta mañana diciendo que tenía que hacerte a ti la sesión maldije una y mil veces todas y cada una de las madrugadas que recorrí tus caderas en mi ático. Que no, que siempre debí haberme quedado detrás de la cámara, que tú eres intangible y yo ya lo sabía e intenté congelar en un instante y al mismo tiempo a un nosotros y a las ganas que todavía te tengo. Y ahora tengo que mirarte a través de este objetivo, que de objetivo no tiene una mierda, y guardar en la memoria de la cámara los lunares que tengo grabados a fuego lento dentro de mi cabeza. Así que cállate de una vez, deja de poner pegas y ponme cara de circunstancia, que por mucho que te eche de menos y por mucho que me sepa tu olor de memoria, el perfume que tienes que promocionar no va a venderse sólo.

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Y esto es lo que sale cuando pido a  alguien
  tres palabras (en MAYÚSCULA) y un número

Y supongo que podéis considerar que he vuelto
aunque en realidad nunca me fuera.