'Quien no te conozca, que me compre.'

Y ahí estoy yo, aquí, dispuesta a pagar por tu cabeza el precio que sea necesario antes de que te la corten. Espero llegar a tiempo. Ni siquiera te conozco (sólo de los carteles esos de busca y captura) o puede que sí y no haya aprendido a mirarte de esa forma en que se supone que debería mirarte. Pero créeme, algún día te haré feliz y tú serás quién me cuide en estas noches de tormenta. Nada más pensarlo ya me tranquilizas, y todavía no has llegado. Y seremos cómo eso que nunca fuiste pero siempre imaginaste.

Así que nada, sólo quería hacértelo saber, que lo supieras. Eso y otras mil cosas que tengo que decirte. Pero  las demás me las reservo para luego ya si eso, en mis sueños, al oído.
     



        ...seis, cinco, cuatro... voy a buscarte.
                   ...tres, dos, uno... deja de esconderte.

Inmortal

    Es difícil sonreír en estos tiempos, y reír ya ni te cuento. Pero sólo el hecho de intentarlo ya debería ser divertido y no hay nada en lo que se tenga menos que perder. Además, en estos días he sonreído tanto que, si reír de verdad alargara la vida, yo ya sería inmortal. 
    Cuando estamos tristes, cuando tenemos un problema o nos han dado una mala noticia, cuando algo nos duele (ya sea la cabeza o el mismísimo corazón), pocas cosas son las que tienen el mágico poder de hacernos sentir mejor. En esos momentos, en esos instantes de nada sirve sentirnos afortunados en la penuria de los demás. 
    No hace mucho (aunque hay que tener en cuenta la medida de mi tiempo) hubo alguien en mi vida que advirtió mi forma de dar malas noticias. "Tienes una familia que te quiere, una cama donde dormir y un plato de comida a todas horas". Y con estos pobres intentos de hacerle sentir mejor, y un kilo de lágrimas que arañaban mi propio ego, salí de su vida con un "pero no te tengo a ti" como respuesta de fondo.
    No me juzguéis, o hacedlo rápido y poco doloroso. Lo que no quiero es que tú, que te has cruzado por aquí de casualidad, pierdas tiempo en decidir si merezco la pena. Créeme, la merezco. O no me creas, pero decídete rápido que la indecisión no tiene por ahora razón de ser en esto. Quédate sin preguntar, vete antes de que te eche.
    Soy buena dando consejos, en general todos lo somos. Pero llevándolos a cabo soy un pésimo ejemplo, también como la mayoría. Tengo cientos de defectos y tan sólo un par de virtudes, y es sabido que suelo alejar de mi a los que más me quieren.

Pero, oye, nota importante, aquí seguimos, veinte años después, a pie de cañón, aunque mi presente sea un caos y mi cabeza vaya a perderla un día de estos, no soy de las que se rinden tan sencillo.
Si algo tengo claro es que, ya sea por las vueltas que da la vida o por eso de coger al toro por los cuernos, cuando menos me lo espere me veo saliendo a hombros por la puerta grande entre vítores y aplausos.


Y, aunque sea antitaurina, esperar esa sorpresa ya es motivo más que suficiente para esta bonita sonrisa.

¿No pararás?


Lo que más nos duele en este momento es la indiferencia, o eso demuestran estas manos frías de no poder tocarte, manchadas de culpa por no saber quererte ni demostrarlo.

Lo que más (me) hiere es la sensación de ser prescindible, de sobrar, de romper un equilibrio que ni siquiera conocemos, un equilibrio que, real o no, se ahoga cuando aparezco. Y es que tengo los ojos vacíos de no verte, o de no saber mirarte. Y el corazón pequeñito y este hueco en el pecho que, lejos de sólo molestar, me ahoga. 
El cómo y el cuándo de esta situación ya no proporciona un cupo mínimo de respuestas. Los buenos días, las buenas noches o simplemente los desayunos en familia no formaban parte del contrato, y eso es lo poco que tenía cuando hace un par de semanas creí que no me quedaba nada. Ni siquiera había palmadita en la espalda en la letra pequeña. 

Vacío. Soledad. Nada. 

No paro de hacer lo imposible por posponer la supuesta solución. Que hasta ahora sólo he encontrado puntos y seguido paliativos cuyo único interés es la anestesia somnífera momentánea. Que no, que no es ni lógico ni justo que se duerma llorando todas las noches alguien a quien le cabe tanto amor. Pero me matan los favoritismos y la envidia nunca ha sido buena consejera. Envidia que no provoca sino admiración y estas ganas locas de que salgan las lágrimas a correr quemando así los surcos de hielo de mis mejillas. Y aquí no hay ni metáfora ni nada.
La peor parte es el cansancio no físico. Mi cabeza no responde y los sentimientos hacen estragos. Agotada. Cansada de esto cuyo desenlace definitivo, si es que en algún momento ha de llegar, no será nada agradable.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. 
Una vez está perdido nuestro último as en la manga, ¿qué mierda nos queda?

Tictoc

Entonces entendió que algo no funcionaba bien. 
Alguien a quién le cabe dentro tanto amor no puede querer llorar todas las noches. 


Siempre oigo llover fuera, aunque haga un sol brillante, aunque no se vea en el cielo ni una nube de esas con forma de animal que tú creías reconocer siempre. Y eso no puede ser bueno. Creo que ocurre, y escúchame bien porque será la única vez que lo reconozca (al menos en público), que te echo un poco más de menos. 
Pasa que estos días no van a volver así porque sí, ni los recuerdos van a ocupar un lugar más espacioso en mi memoria. Pasa que te veo en unos cuatro días y cada segundo estoy más temblorosa. Y en cada tictoc de este reloj sin aguja se me va un poco más el tiempo de las manos. Me doy miedo de mí misma porque no sé hasta dónde llega la claúsula que firmé para salvarme en momentos así. Quiero que vuelvas, pero no quiero verte. Quiero que vuelvas tú pero no el nosotros ese que hicimos trizas. No quiero que vuelva el tiempo perdido, ni tampoco el que aprovechamos.
 Ya no quiero que me duela, porque se que va a dolerme.