Y no me equivoco.


Dicen que hay personas que saben curar a los demás pero no saben curarse a sí mismas, pero este no era su caso. La cura estaba en ella, como ella misma era su mejor y más temible enemigo. Y lo sabía. Simplemente, (¿simplemente?), no quiere curarse, pero esa ya es otra historia.

Seguro que si, ahora que está el tiempo algo loco y el frío se agarra fuerte a los huesos, os viene a la mente un momento congelado de alguno de esos días soleados que aún están por venir, ella está allí. ¿O acaso vosotros no habéis pasado un día en el campo siendo niños y habéis soplado sobre una de esas pelotitas blancas y suaves pidiendo uno o un par de deseos? Ahí está ella. Está en la ilusión de los ojos vidriosos de aquel que los aprieta, en la sonrisa de idiota momentos antes de hacer la petición, y en el aire que le sale por la boca, donde también se van los miedos. 

Ella es esos deseos, esas ganas.
Ella es Diente de león.

No tiene sitio fijo, pero sí que puede llamar hogar a cualquier lugar donde estés tú, como decía aquella vieja canción. Y se deshace con sólo mirarla y las caricias le hacen tanto daño que la rompen en pedacitos pero aún así se deja llevar. Está aprendiendo. Y vuela, ella sabe volar (y me ha enseñado). Y si cae no es más que para renacer, como alguien cuyo fuego le jugó una mala pasada y acabó resurgiendo de sus propias cenizas. Que sí, que de todo se sale. Y nos enamoró a las dos pero no pretendo contaros ahora el cuento de cómo un pequeño cervatillo me pidió que abandonara mi espiral. 

Diente de león porque mezcla la inocencia de todos esos que eran de leche y se llevó un ratón, con la fuerza y coraje de la fiera que le ruge dentro aunque pretenda mantenerla dormida.

Diente de león porque, en cierto modo, se desnudó delante de mí, se quitó las capas (pero la cebolla no me hace llorar) y acabó por sincerarse mientras temblaba de miedo y eso ya es un paso de gigante en este largo camino que nos queda, a las dos.

Diente de león porque este Huracán tiene la (introduzca adjetivo aquí) costumbre de cambiar el nombre a aquellos que, fijaos qué ironía, le hacen hacerse más fuerte.


El primer día.


El día que su orgullo salió por la puerta de casa, cerró el cajón de sus penas por dentro y se colgó la llave del cuello. Cargó sus diecisiete inviernos a la espalda, en la mochila de rayas que regalaban en aquel campamento de verano, y se repartió el mismo número de primaveras en sus frágiles caderas, que contorneaba con gracia a diario, y más especialmente algunos sábados noche con sus pitillo vaqueros y los tacones de casicristal. Esa misma tarde se miró al espejo y fue retirando poco a poco los restos de rímel que le apretaban las pestañas, y el color de pintalabios que tanto le gustaba a él y que ella tanto detestaba. Se quitó la pintura a la vez que la careta, le mandó un aviso a aquel con el que compartía vida (que no pensamientos) los últimos tres meses y sacó del armario la camisa de cuadros que tanto detestaba su madre.  Era un día de cambios. 

Media hora más tarde, después de un café helado que él no se terminó  y un batido de vainilla que ella mezcló con lágrimas, su tapadera se había acabado. ¿Por qué iba aquella morena de ojos grandes a seguir fingiendo un amor que nunca había existido?

Entonces empezó a llover, y la pequeña Katerina corrió y corrió lo más rápido que pudo. Empapada, calada, pero poco importaba que sus lágrimas quedaran o no disimuladas con aquellas que caían de arriba. Poco importaba ya que llorara, poco, pues aún no se ha encontrado cura para huir de uno mismo. 

Pero ella quería huir, por eso se encerró en la vieja biblioteca, por eso dejó todo a oscuras, como su vida últimamente. No entendía por qué los labios de aquella chica la habían puesto tan nerviosa en la charla del pasado jueves, mientras se movían despacio pronunciando las palabras que ya eran poesía por el simple hecho de salir de ellos. No entendía por qué en aquel juego de chupitos había acabado despertando las mariposas que llevaban mucho aletargadas en cada uno de los besos robados a sus amigas. Algo iba mal. O bueno, no, algo iba bien (por fin), y hacía mucho tiempo que no tenía algo tan claro.  

Y se hizo una bola sentada en el suelo, y se quedó quieta, inmóvil, pretendiendo dejar de ser y dejar de estar, como aquellos chicos de la playa, como la niña Huracán y el niño Estrella.

-¿Por qué lloras?- Escuchó Katerina en el umbral de la estancia. 
-Porque me he perdido. –Contestó a unos rizos rojos como el fuego. –Y necesito alguien me que encuentre.

Y esa fue la primera vez que vió a Roux.



Lo que no te dije y no debo decirte.


De nuevo no sé cómo empezar, ni por dónde, pero sé que tengo que hacerlo más como una necesidad que como un deseo o un capricho, (como en parte fuiste tú). Y no es justo que (te) escriba esto y ojalá no lo leas pero si no lo suelto voy a explotar y aun así todavía no tengo claro que vaya a salvarme del todo. 

No voy a volver, te lo prometo, ya conoces la fea manía que tengo con las promesas que siempre intento cumplirlas justificando los medios con el propio fin. En el fondo te lo debo y nos lo debo, a mí y a lo poco de orgullo que me queda. Y eso no quiere decir que no vaya a acordarme de ti cada mañana cuando suena el despertador y ya nadie me da los buenos días, o sí me los dan pero ya no me interesan. Que no vaya a volver no significa que no esté aquí para ti si decides que me merezco otra oportunidad, que nos la merecemos, a esto o a lo que sea que tuvimos. (Pero no vuelvas, por favor). Que no me olvido durante el día de los besos que no nos dimos, que me mata no poder lanzar aún al vacío todas y cada una de las cartas que no te llegué a escribir, que me rompen por dentro los abrazos que nunca llegaron y en los que pretendía perderme para siempre. Así soy yo, intento ganarme a las personas con letras porque no se hacerlo de otra forma, y es que aquí dentro hay algo roto, ¿sabes?

Pretendía ser tu luz y te cegué, ya te lo dije, y me odio porque crees que te di la razón al salir huyendo, y no te das cuenta de que no salí precisamente por la puerta principal ni me siento orgullosa de ello. Y no paran de decirme que la solución la llevo dentro pero debe estar oculta entre mis miedos y mis dudas y soy incapaz de hacer que salga a flote. Ya dije una vez que prefiero que duela a no sentir nada y al menos nos hacíamos daño pero eso me mantenía viva. Qué triste es esto último, y qué necesario.

Que tú no eras mis fantasmas ni mis miedos sino todo lo contrario. Que tú no hacías más que sacarme sonrisas que otros intentaban borrar, y de qué manera, y con qué fuerza... Que no voy a venirte con las excusas de “no eres tú, soy yo” porque puede que no sea del todo cierto y que fuéramos un poco los dos, pero sé que yo te gano. Que “podemos ser amigos” aquí no sirve porque yo no sé ser de eso sin echarte de menos. Y me dueles. Y me duelo.  

Que pretendías curarme y ya he encontrado el fallo: 
O bien no me dejé, o bien ya no tengo cura.

Odio estar enamorada de la idea del amor, 
y no poder enamorarme de ti.

Ni de ti, ni de nadie.

Feliz cumpleaños, feliz día y feliz lo que sea, pero feliz.


(esto es un fragmento de algo del pasado, un poco de presente y mucho, mucho futuro)

Hola de nuevo, Luz.

Creo que una de las cosas más feas que hay en este mundo es disculparse, sí, eso, odio pedir perdón. Y no es que yo sea una orgullosa, que un poco también, sino que eso de "Lo siento" es algo que tenemos demasiado bien aprendido, y las cosas no se solucionan así. Estas líneas lo único que vienen a decir es que te debo un algo, es una sorpresa, pero por cosas que pasan aún no está lista del todo. Mientras tanto, aquí tienes la primera parte de mi regalo. Sí, palabras, ya sabes que es lo que mejor sé hacer, escribir, así que ¿por qué no aprovecharme un poco de eso?

Una vez dicho esto, quiero preguntarte algo públicamente, ¿qué tal va nuestro 2013? Sí, ya se que hablamos casi todos los días, pero entiende que quiera hacer de esto algo especial, y normalmente no hablamos de cosas tan grandes. Y tengo que decirte, más bien recordarte, varias cosas. Algunas te sonarán, otras no tanto, pero tú estate atenta, que de verdad que es importante. 

"El otro día me preguntaron por qué me gusta tanto hacer regalos, y si pensaba que yo era una persona que necesitaba más cariño que los demás. Sí, puede ser, contesté, pero si pido eso es porque yo lo doy. Muchas veces me planteo lo de “¿no debería bajar el listón?”. Quizá si no esperamos tanto de los demás, no nos llevemos estas decepciones. Y estoy aprendiendo a no esperar nada de nadie, te lo aseguro, me estoy esforzando y poco a poco me importa menos. Pero hay gente a la que tengo bastante altas expectativas. Yo soy como soy aunque también sé que estoy cambiando, y ese cambio será a mejor, lo intuyo. Es solo que voy a tener que sacrificar bastantes cosas, aunque puede que sea cierto eso que dicen sobre estar a las duras y a las maduras. Sé que serán pocas las personas que me estén esperando cuando todo esto acabe, pues algún día ha de acabar. Y lo que tengo claro es que las que estén en ese momento, las que hayan aguantado hasta el final, serán de verdad.

El caso es que tú eres una de esas personas del tercer bando. Tienes tus defectos y tus virtudes, pero aparte tienes algo que pocas personas tienen y no se ponerle nombre. Es algo que llevas dentro. ¿Recuerdas que una vez te dije que escribiría sobre ti? Ha llegado el momento, voy a contarte lo que eres para mí. No es bueno, ni malo, simplemente es. Y como es, espero que lo dejes estar.

Eres luz. Más allá de los colores y de las sombras. Desde que me pediste que dibujara marzo hasta ahora, pasando por un concierto y un par de casualidades, he pensado que eras uno de mis diamantes. Es extraño, como si al hablar de ti todo este mundo no tuviera sentido y fuéramos simples trozos de un gigantesco puzle, ninguna encajamos pero a la vez podemos ocupar cualquier posición. Ya sé que no me explico, pero como te he dicho antes solo podría decirte de forma entendible lo que me ronda la cabeza con un abrazo, o mirándote a los ojos. Ojalá sea eso pronto posible.

Creo que eres una parte de mí. Y no te prometo un para siempre porque ambas sabemos que si ya de por si la amistad es extraña, el no poder tomar cafés cada pocos días o esto de que yo ande desconectada lo hace aún más complicado. Pero lo que tenemos me gusta. Me gusta saber cuándo estás bien y cuando no, soñar contigo. Me gusta saber que podemos hablar sin tapujos sobre cualquier tema, saber que tienes algo que contarme e intuir lo que es y odiarme por ello, saber que tengo miedo de que desaparezcas, saber que eres tan fuerte que puedes deslumbrar hasta al propio sol, créeme.

Gracias por ser eterna, por no desgastarte.

Gracias por contarme que el miedo no brilla, y por demostrarme que nosotras, sí."

Ya estoy de nuevo aquí, a día de hoy, te he puesto ese fragmento para que lo recordaras, porque no te haces una idea de lo importante que es para mi el hecho de que no se te olvide. Que ya sabemos eso de que la amistad es una cosa extraña pero hoy no quiero hablar de eso. Hoy quería que supieras que te quiero. Sí, así, tal cual. Tal vez sea porque tus abrazos, lejos de vaciarme, me llenan; porque tu risa me pone alas como decía aquel poema de Miguel Hernández o porque sabes qué decir en qué momento. Tal vez te quiera hoy un poco más porque te haces un año más vieja, o un poco menos por haberme perdido dos décadas de soplar las velas. Tal vez te quiera por el miedo que tengo a que te vayas, por el verdadero pánico que me da tan sólo el hecho de imaginarme que puedas desaparecer, o tú o yo, o las dos, o que desaparezcamos la una de la vida de la otra sin haber desaparecido del todo o yo qué se, mil cosas, aunque de esto no hablemos pero sí que lo pensamos. Tal vez te quiera por todas esas cosas, o por ninguna, pero lo que sé es que como siga dándote motivos me voy a poner lo suficientemente ñoña como para que, en lugar de que mis palabras te lleguen a donde pretendo, me sueltes un "meeeehhh" de los tuyo, y no.

Felicidades otra vez, pero felicidad de esa que te llena la boca y el alma, de esa que hay escondida en "Ensueños" y de la que hay en cada una de nuestras llamadas telefónicas. Felicidades enormes, de esas que no se venden.

Felicidades de esas que vuelan en aviones de papel a principio de año.

(perdona la mala grabación, 
pero quería que me oyeras 
y ha sido todo un poco rápido)

(y gracias, otra vez)



Tigres de peluche.

Él había estudiado historia, le gustaba coleccionar coches de carrera en miniatura y a los seis años le detectaron alergia al gluten. La alergia a las chicas llegó un poco después, tendría unos diecisiete cuando aquella pelirroja con pecas le robó un beso y el no supo qué hacer y la pecosa se fue llorando. "Mira que eres burro, Josué". Y míralo ahora, diez años después, quién lo iba a decir. Míralo, detrás del mostrador, con su delantal granate y su sonrisa de buenosdías o buenastardes según marquen las manecillas de ese viejo reloj de pared. Míralo, con los ojos puestos en la media docena de milhojas que tiene que prepararle a la señora del collar de perlas y la cabeza en Tenerife, donde con un poco de suerte la semana que viene estará trabajando de botones en aquel hotel que Jorge le recomendó. (Ay, Jorge, espérale sólo siete días más). 

Ella no tenía ni diez primaveras y ya ni recordaba el rostro de sus hermanos, pero sí el de aquel que un día llamó "papá" y que la subió a aquella barcaza hacía ya más de tres años. Cómo olvidar las manos que la cogieron en volandas con un "lo hago por tu bien" como banda sonora y la separaron de todo lo que amó algún día. Cómo olvidar los ojos de su madre en la orilla mientras se echaba a la deriva con otros cincuenta hombres, sabiendo que sería la última vez que los vería llorar. (La última vez que los vería, al fin y al cabo).

Él sabía que los dulces que no se gastaban al mismo día iban al mismo lugar donde fueron a parar todas las batallitas que había disfrutado estudiando, al mismo sitio en el que estaban ahora sus sueños de niño, a la basura. Por eso, antes de que el reloj diera las nueve, cogía en una cajita y guardaba el regalo para Niara, que le miraba desde el otro lado de la acera, con la boca hecha agua envuelta en su abrigo muchas tallas más grande, esperando que llegara la hora de cerrar.

-Pequeña, tengo que contarte algo. - Y la niña lo miró con sus ojos color café.- Puede que no te guste, pero creo que lo entenderás. Tengo que irme, en unos días cerrarán la pastelería y tengo que cambiar de ciudad. Puede que venga a verte a menudo, lo prometo, y nos encontraremos en la plaza de la catedral y te invitaré a chocolate con churros, como todos los domingos. Anda, no llores cielo, además te tengo un regalo.
-¿Qué es? - Balbuceó Niara.
-Aquí tienes, es un cuaderno, pero no es un cuaderno cualquiera, es un cuaderno mágico. Para usarlo, sólo tienes que prometerme que escribirás en él todos los días cuando hayas ayudado a tus tíos en casa. Por muy malo que sea el día, por muy cansada que estés, por mucho que hayas andado, escribe. Por muchas burlas que hayas recibido, por mucha hambre que pases, por muy larga que se te haya hecho la jornada, escribe todos los días. Porque te prometo que, no se dentro de cuánto, volveré a verte, y quiero leer tu historia. Porque tú, Niara, mi pequeña de ojos café, tú tienes una historia que contar, y el mundo tiene que conocerla.

Y cuentan que Josué se encontró con Jorge en la recepción de un hotel de cuatro estrellas. Y he escuchado por ahí que "El diario de Niara" es ya todo un best seller que denuncia la situación de las niñas en África. Y dicen por ahí que su autora adora los dulces. Y se rumorea que, aunque esta historia acabo de inventarla y no me ha quedado tan bien como deseaba al principio, los finales felices también existen en la vida real, aunque yo hoy esto último no acabo de creérmelo. 
Ya veremos mañana.