“Mira
las estrellas. Los grandes reyes del pasado
nos observan desde esas estrellas.
¿De
verdad? Sí. Y cuando te sientas solo,
recuerda que
esos reyes estarán ahí para guiarte,
y yo también.”
-¡Mamáááaaaaa!
Llama Carlota tan alto como sus pulmones se lo
permiten.-¡Maamáááááaaaa! Y no deja
de gritar hasta que comienza a oir los pasos apresurados de su madre, y se ríe,
bajito, porque sabe que va a enfadarse…
-Carlota, ¿sabes qué hora es?
¿Todavía estás despierta? Mañana madrugamos, te he dicho mil veces que el
pueblo de los abuelos queda lejos y si no duermes mañana estarás muy cansada.
-No me regañes, guapa.-Susurra
intentando meterse a su madre en el bolsillo.- Es que hace mucho viento, y me
he desvelado y ahora no puedo dormir de los nervios. Y tengo un poco de miedo,
¿van a reconocerme los abuelos después de tanto tiempo?
-Anda Carlota, qué cosas tienes… Pues
claro, boba, sólo han sido dos meses… Mira, vamos a hacer un trato, te cuento
un cuento para que se te vaya el miedo de este viento feo y después a dormir,
¿vale?
-¡Claro!- Dice Carlota mientras se
lanza a los brazos de su madre. Le encantan los cuentos y, los de su madre, aún
más.
-Está bien, escúchame atentamente…
·····
-“Vamos, arriba pequeña, inténtalo de
nuevo.”
Susurraban Las Olas a tan sólo unos metros de donde estaba la Chica de los ojos de tormenta.
-No puedo- (se) repetía ella. – No quiero haceros daño.
Y así ocurría siempre desde que tenía uso de razón. No
quería herir a nadie pero a menudo lo hacía, sin querer. Y, lo peor, al herir a
los demás, se crecía, se alimentaba del temor de los demás, se hacía más y más
grande, aunque por dentro se hiciera cada vez más y más pequeña. A menudo
odiaba su vida, era estúpido y algo inútil ser lo que ella era. Hacía apenas un
par de años que le habían adjudicado un nombre, eso la hacía feliz, y a la vez
le causaba un tremendo dolor, uno de esos que ahogan y te matan poco a poco. No, no tenía nada de bueno revolver a las
personas ni a las situaciones. Hay cosas que es mejor que estén enterradas bajo
siete llaves en el fondo del alma, debajo de la arena, y ella no era quién para
andar levantando las losas más pesadas, sacando a relucir los recuerdos
olvidados, abriendo viejas heridas y llenándolas con la sal del agua del mar.
Era injusto. Pero nadie dijo nunca que fuera fácil ser un huracán.
Aquel día, ya no pudo más. No podía levantarse, no quería.
Estaba enfadada y triste al mismo tiempo, mala combinación. Estaba cansada, agotada
de sentimientos del corazón. Se sentó en mitad de aquella playa vacía, con su
vestido amarillo y sus rizos de leona cayendo por la espalda, y como una niña
pequeña se cruzó de brazos y frunciendo el ceño pronunció un “Yo de aquí no me muevo” que fue
escuchado hasta en La Luna (suponiendo que La Luna sea un lugar muy muy lejano) y con el que temblaron hasta
las entrañas de La Tierra. Entonces, se negó a moverse, se negó a ser. Sólo pretendía
estar. Quieta, estática, sin hacer ni
ruido ni daño, sin sonreír y sin llorar. Se limitaba a respirar de forma pausada,
convenciéndose a sí misma que acabaría en un profundo letargo que derivaría en
la muerte, como siempre había soñado.
-Los huracanes son inútiles, así que no me moveré.- les
repetía a Las Olas. –No quiero, si me muevo ahora levantaré los vientos y se
enfurecerán, cuando pretenda acariciaros no haré más que revolveros y provocar
que luchéis unas con las otras y causar alguna catástrofe. No quiero causar más
heridas, no quiero ver a las madres gritar por la vida de sus hijos, no quiero
ver el pánico en los ojos azules de los niños, ni en los verdes, ni en los marrones, ni en los grises. No quiero oír el llanto de los bebés cuando intento
acercarme a ellos y sin querer inundo
casas y soy culpable de las historias más horribles. No, me niego. Sólo quiero
que alguien me escuche, que alguien me oiga, que alguien me salve, pero por lo
visto eso no es posible. Así que, abandono. Adiós. (Y eso que ella no decía
nunca adiós…)
(Silencio.
Vacío.
Nada.
Y, de repende,
a lo lejos,
un sollozo.)
“¿Ya he muerto?” Piensa Chica Huracán mientras entreabre un
poco el ojo izquierdo. Pero no, sigue escuchando la cruel risa del viento y el
susurro de Las Olas así
que, definitivamente, no se ha movido del sitio. Seguramente no haya pasado ni
media hora, ni siquiera cinco minutos.
-¿Quién está ahí? – Pregunta asustada Chica Huracán.- ¿Hola? ¿Hay alguien
ahí?
¿Qué es esa luz? ¿Por qué nadie contesta? ¿Quién solloza de
forma tan mágica? ¿Qué es lo que está escondido detrás de las rocas del antiguo
faro? Hace un esfuerzo, ya está calmada, algo más calmada, así que se levanta y
despacio va a echar un vistazo, curiosa y a la vez muerta de miedo, en busca
del autor del llanto más bello y sincero que se haya oído jamás en La Playa.
Ahí está, parece una bola de fuego, o no, mejor una estrella. Al llegar, su fuerza de huracán casi lo apaga. Sí, definitivamente es
una estrella, menos mal que no se ha apagado, y tiene forma de niño, qué cosa
más rara. ¿Qué hace una estrella en la playa? ¿Por qué no
está en el cielo con todas las demás?
-Hola, soy Chica Huracán, aunque si quieres puedes llamarme Mar, por la canción de
Mardy Bum, ¿sabes cuál es? Es bonita. ¿Qué haces aquí? ¿Se te ha perdido algo?
¿Por qué no estás en el cielo si eres una estrella? Nunca había visto a una
estrella tan de cerca, ¿sabes? ¿Puedo tocarte?
El chico la mira asombrada, no entiende lo que dice esa niña
de rizos graciosos y se limita a sonreír. Hace tiempo que no habla con nadie, o
quizá no tanto, pero ha perdido la noción del tiempo, y cree que no van a
salirle las palabras. Carraspea un poco y, finalmente…
-Mi nombre es Sankt, aunque puedes
llamarme Idiota. Y no sé qué es una estrella. Me he despertado y no recuerdo nada,
sólo que hay alguien a quien debo cuidar. Creo que se llama Alv, pero no sé quién
es, ni dónde encontrarle. No sé qué hacer y no entiendo por qué mi cuerpo
desprende esta extraña luz, pero a veces brilla tan fuerte que me quema, y me
hago daño. Por eso había pensado que, si me quedaba quieto, me apagaría poco a
poco para siempre, y así dejaría de
dolerme.
-No voy a llamarte Idiota, idiota… - Y ambos se ríen alto y grande-
Yo en otra vida fui un Albaricoque, aunque dejé de serlo porque la gente quería comerme,
¿sabes? Y eso es un rollo, no te das cuenta cuando es de broma y cuando quieren
comerte de verdad y hacerte añicos, así que desaparecí. Y ahora soy Un Huracán, aunque eso
también es un poco rollo, porque no puedo evitar hacer daño a las personas y a
menudo se asustan. Puede que hayas
venido a cuidarme a mí, aunque lo dudo mucho. Es que yo tengo muchas dudas,
¿sabes? Todavía soy muy pequeña. Pero lo que sé, lo tengo bien clarito. Sé
pocas cosas, la verdad, pero sí sé qué son Las
Estrellas y creo que tú eres una. De hecho estoy segura, tú eres un niño Estrella, lo que no entiendo muy bien es qué haces aquí. Tú
tienes que estar El cielo, con todas las demás, pero yo no sé cómo se llega…
Los chicos pasan horas y horas hablando, riendo. Contando
una y mil historias. Juegan a apagarse, a quedarse quietos, a enmudecer. Juegan
con Las Olas hasta
que La Noche acecha lentamente. Hacía tiempo que La Playa no veía a gente tan
feliz. Pero anocheció y Chica Tormenta sabía que tenía que contarle la verdad a Sankt.
-Pequeño, no te he
contado la verdad del todo, pero era porque tenía miedo de que tú también te
fueras para siempre. No te enfades,
por favor. - Sankt mira con dulzura
a la niña y la abraza fuerte, porque no le gusta nada ver triste a su nueva
amiga.
–Verás, las estrellas tienen que estar en El cielo, desde ahí cuidan a las personas. Tú brillas tan fuerte que
desde el cielo guiarás a Alv, le darás calor
y, algún día, se dará cuenta de que lo que le llenaba de magia eres tú. Mi
querido Sankt, estás hecho de polvo de estrellas, y eso es genial. Lo que ocurre es que
antes te he mentido. Yo sí sé cómo se llega al cielo. Evidentemente, yo no puedo quedarme, El cielo es sólo para las estrellas y por eso no te lo he contado antes, porque quería
disfrutar un poco más de ti ya que últimamente no tengo mucha visita. A veces
soy un poco egoísta, pero no me lo tengas demasiado en cuenta. A la gente le
doy miedo, ¿sabes? Pero un día me visitó Momo, la chica
aviadora, y me enseñó a elevar hasta el cielo a quien lo necesita. Sólo tengo
que soplar despacito mientras nos damos la mano y puedo llevarte en un plis a dónde necesites ir. Es lo único
bueno que tengo, lo único que se hacer. Así que voy a llevarte de vuelta a
casa. No me olvides, por favor. Y gracias por salvarme hoy.
-Chica Tormenta, qué tontaina que
eres. Yo ya sabía que tú podías ayudarme, me lo han dicho tus ojos. No
recordaba qué era una estrella pero sí que recordaba
cómo leer entre líneas lo que dice tu mirada. Voy a contarte un secreto, las estrellas tenemos permisos, es como un pase VIP de esos que la gente
tiene en La Tierra. Cuando encuentras a alguien tan especial como tú, aunque
no te toque cuidarlo, te dan un vale inagotable, y puedo visitarte siempre que
quiera. Así que, gracias, de corazón, porque esta vez has sido tú quién me ha guiado a mí. Qué ironía, ¿eh?
······
-¿Carlota? –Susurra su madre.
-¿Duermes?
-No mamá, estaba imaginándome cómo
sería ser un huracán, tiene que ser un rollo. Yo prefiero ser tu Chica León,
eso es más divertido, y además ¡soy la reina de los animales! ¡Brrrrrrrr!- gruñe
Carlota entre risas poniéndose de pie en la cama.
-Venga a dormir, mi pequeña leona. Le dice su madre mientras le acaricia los rizos…
-Mamá, ¿puedo contarte una cosa? ¿Prometes
que no vas a enfadarte?
-Escúchame bien, Carlota. Siempre
podrás contarme lo que quieras. Puede que en algunas ocasiones me enfade si lo
que me cuentas no me gusta, pero eso es porque te quiero tanto que me preocupa
que te hagas daño, o que alguien te haga daño. Dime, cariño…
-A veces, cuando me regañas, pareces
un huracán. ¡Hasta me das un poco de miedo! Pero luego se me pasa, porque sé
que no me porto bien del todo. Yo lo intento, mamá, de verdad que intento ser
buena. A partir de mañana ya voy a ser buena siempre ¿vale? Además, cuando he
imaginado a esa chica con el vestido amarillo me he acordado de ese que tienes
en casa de los abuelos, el que te hizo la abuela de pequeña, es mi preferido.
¿Era así el vestido de la chica huracán? ¿No serás tú la chica huracán?
-Anda, Carlota, no digas boberías,
cómo voy a ser yo un huracán…- Y abraza fuerte a su hija, su pequeña, y de sus ojos color tormenta se
escapa una lágrima de nostalgia, mientras ve por la ventana una estrella que
brilla algo más de lo normal.