Cuando acabe febrero.



…y me rompí, un poco más. Lo peor de mis promesas es que tengo la mala costumbre de cumplirlas, aunque eso ya no esté de moda y tú decidieras acabar con las tuyas.  Aquí me ves, ya no me escondo, con el corazón hecho pedazos y queriéndote con todos y cada uno de ellos. Yo, que siempre he creído creer en la inmortalidad del amor, que siempre estuve enamorada de esa idea. Yo, que presumía de haberlo encontrado y que pretendía no volverlo a soltar jamás.

Medianoche, papá y mamá ya dormían y yo bajaba de puntillas a por el aparato que segundos más tarde me regalaría tus susurros. Marco, con los ojos cerrados, y ahí estás tú. Que si el amor se midiera en números, tendríamos que contabilizar los escalones con los que pude haber tropezado a oscuras, o las llamadas que llevábamos hechas, o las que nos quedaban. Que si nos piden una cifra de cuánto nos quisimos, bien podría darles la cantidad de suspiros que escondía mi garganta al escucharte al otro lado. ¿Cuántos cuentos inventé para ti? Pero cuentos de los bonitos, historias de tortugas y magos, los cuentos chinos vinieron después. ¿Dónde fue a morir ese amor?

“-Papá está en Londres, mamá trabaja. Esta noche duermo sola. –No.” Y te colaste en mi cama y me revolviste las sábanas además del pelo y el corazón. Había luna llena, cómo olvidarlo, y congelamos los besos en aquella piscina con el agua más helada que mi piel desnuda probó jamás. Unos largos tiritando, menudos valientes, y como el manto de estrellas no daba suficiente calor, te abracé. Quizá no fuera ese el motivo, pero sí la excusa. Te abracé como nunca he vuelto a abrazar a nadie y como no creo que vuelva a hacerlo (ojalá me equivoque) y tú te dejaste mimar. Y volvimos a la cama y ya he olvidado si pudimos dormir algo más de media hora pero sí que recuerdo qué canción nos dio los buenos días. Y te fuiste volando porque mamá llegaría de un momento a otro, y te fuiste tan rápido que no me dio tiempo a despedirte pero eso ya es otra historia y desde entonces nunca digo adiós. ¿Dónde fue a parar el beso que no pude robarte?

Por fin los dieciocho y preparé un regalo al día durante todo ese febrero. Y cuando pensaba que se me habían agotado las ideas aparecíais tú y tu sonrisa y entonces me perdía (o volvía a encontrarme) y se me ocurría cualquier otra tontería de esas que hacemos los adolescentes. Una sudadera que luego usé de pijama, noventa y nueve historias de amor para que la nuestra hiciera la centena, momentos congelados que, según dicen, tardaste en tirar a la basura… Bombones, chucherías, preguntas de aquel juego de mesa en otras lenguas, viajes por otros lugares, cenas a la luz de una vela, partidas con tu vieja videoconsola (las cuales me están haciendo sonreír al recordarlas), nuestra historia en prosa y en verso y otros tantas chorradas a las que hiciste más bien poco caso. Yo, tanto quererte y se me olvidó aprender a quererme y sentirme querida. Tú, tan opuesto. ¿Cómo no iba a morirse ese amor?

Y es que hoy he oído que el amor muere, como todo, y yo he intentado hacerle creer al autor que el amor es inmortal y ni yo me lo creía. Pero, ahora lo sé, ahora lo entiendo, ahora que este febrero está acabando y yo necesitaba una despedida que estuviera a la altura. 

El amor no muere, al amor lo matan.

 (Y, si tenemos la suerte de encontrar uno de los buenos, 
con su muerte, va la nuestra.)


Mucho más frágil que tú.


Dicen que tiene el corazón de roca, que con sus tacones de aguja va destrozando el hielo de las miradas más atrevidas, y lo que no saben es que su mayor miedo es no poder volver a enamorarse. Porque ella una vez quiso, yo lo sé, y tú también te acuerdas, claro que te acuerdas. Te acuerdas cada noche aún estando navegando a la deriva en unos labios que nada tienen que envidiar a los suyos. Te acuerdas de que te quiso, como nadie, como a nada, y de lo bien le sentaba el tierno de tus besos al rubor de sus mejillas y de lo guapa que se ponía cuando te susurraba al oído palabras en otro idioma mientras te rozaba con sus pestañas de muñeca. Y si no te acuerdas, mejor, así confirmo mi teoría de que no te la mereces ni lo hiciste nunca. (Y no voy a insultarte porque todo insulto se te queda un tanto holguero). Te atreviste a hacerle daño, era mi niña y tú me la robaste, para después olvidarla en aquel bar de mala muerte. Y ahora te acuerdas, en otros bares, en otros ojos, en otras curvas. Era mi niña y tú, tú no eras nadie. Y ahora tampoco.

Y tiene miedo, "tanto amor la destruyó". Miedo a no sentirse viva, a no encontrar otro motivo por el que sonreír o pasarse las noches en vela llorando. Que si no llora es porque no le sale, no porque no sienta. O quizá sí, quizá haya dejado de sentir y como ese es su mayor miedo  hayamos vuelto de nuevo al principio.

Quizá es que ha desaparecido ya el rojo de sus labios y el latir de su corazón, porque te los llevaste contigo, y los perdiste por el camino. Y ahora los echas de menos. Seguro que también te acuerdas de las noches haciendo el amor entre sábanas blancas y revueltas. Te acordarás de cada uno de sus rincones, del brillo de sus pupilas, lamentándote una y otra vez porque no supiste valorarlos a tiempo. Que quizá no adivinaste que jamás nadie podría mirarte como te miraban sus ojos. Sus ojos de mar que ahora son tormenta. Y duele. Duele mientras ahogas tus gemidos en otros cuerpos, en otras sábanas. En otros labios. Y te das cuenta de que nunca encontrarás unos tan rojos y llenos de vida como los suyos. Que nunca volverás a escuchar su voz, ni sentir su respiración al despertar. Que no volverá a dormirse entre yus brazos, y que ese hueco no podrá llenarlo nadie.

Puede que ahora te des cuenta de que de todo lo que ella dio por ti, nadie será capaz de darte ni siquiera la mitad. Que dejaste escapar un auténtico huracán para refugiarte en las olas más débiles del mar.




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A veces, me pierdo. Hay días que Azul se hace demasiado fuerte.
Y es que, cuando una persona se va, ¿hasta cuando se cuentan los años que cumpliría?
Una de esas veces, llegó Maitane, con sus historias de Verde, con sus cuentos de libélulas (¡haz click!)
y con su "pero me siento tan pequeñita al lado de lo que tú escribes, que no sé si me saldría algo".
Boberías. Suyo es el final.  (*secreto* Me conformo con que os guste la mitad de lo que a este Huracán. )

Blog de la semana.

-¡Toc, toc! ¿Se puede? 
-Sí, claro, pasa. ¿En qué puedo ayudarte? 
-Hola, me llamo Azul y quiero ser feliz, además periodista.

La verdad es que no fue tanto así, ella no pidió permiso. Entró directamente en mi vida, o más bien me invitó a pasar a la suya. La leí de arriba a abajo, de izquierda a derecha o al contrario, ya no me acuerdo, y se me saltaron las lágrimas al descubrir que perfectamente podía estar hablando de mi. Luego vino Azul, y Héroe. Luego decide enamorarme con un mapamundi pintado en su cuerpo, hacerme reír un domingo por la noche y ponernos al día en un instante. ¿Demasiada información? En absoluto, ambas podemos manejar todo eso y más.

Se va a París, quiere escribirle a Cortázar y también quiere querer.

Pero hoy no quería hablaros de ella, hoy quería hablaros de La canción más fea del mundo (¡haz click!). Digamos que es una especie de proyecto, ¡y qué proyecto! Y es que, a ver, resulta que la chica nos ha salido artista, y tiene ese punto de nosequé que queseyó que hace que sus textos sean suyos. Sí, algo así como la marca de la casa. 

"Me gusta porque es tu opinión y sabes argumentarla, y eso es un "riesgo" que los periodistas tenéis que correr. Habrá quién se te eche a la yugular por las cosas que dices. El detalle de citar a Cortázar hace el texto muy tuyo, y eso es bueno, porque periodistas hay muchos, pero cada uno tiene su marca que los diferencia de los demás. Si no, no valdría. Es como tu tumblr, por ejemplo. Si lo estoy viendo y se me olvida que es tuyo, me recuerda a ti. De hecho, muchas veces he ido a mandarte una foto porque me ha recordado a ti y he visto que ya la tenías. Y eso es bueno y no todo el mundo sabe hacerlo. (...) ...porque yo también era una de esas fan fan fatales. Creo que eso hace que te acerques más a gente de nuestra edad, que son el público que va a leer lo que escribas." 

Así que, no sé vosotros, pero si a mi por casualidad alguien me pregunta cuál es La canción más fea del mundo, yo no me lo pienso y les paso este enlace: 




Y hasta aquí mi recomencación del blog del jueves. 
Para más información, haz click aquí 
¡Nos leemos la semana que viene! 

Premio ^^.

Un día te levantas y llueve fuera. Otro, te vas a dormir y llueve por dentro. Luego un día te dice alguien que qué cuento más bonito, o qué no se entiende, o que tengo un premio. Sí, un premio, yo. ¿A que mola?
Ese es el motivo de este rinconcito, porque me comentan por el pinganillo que Sugar Avenue me ha dado un premio muy dulce. Además de la sonrisa que me sacó al enterarme, añadidle otra provocada porque Jota me dijo que era su madre, y que él fue quién le enseñó mi blog. Pues eso, qué familia más guay.

   Normas del premio: 

          1. Nombrar y agradecer el premio a la persona/blog que te lo concedió.
          2. Enumerar once cosas sobre tí para que podamos conocernos mejor. 
          3. Responder a las once preguntas que te formulen.
          4. Formular once preguntas para que respondan los bloggers a los que concedas el premio.
          5. Conceder el premio a nueve blogs que te gusten, estén empezando y tengan menos de 200 seguidores.
          6. Visitar los blogs que han sido premiados junto al tuyo.
          7. Informar a los blogs de su premio.

   Once cosas sobre mi: 
          1. Escribo por necesidad y, de momento, me encanta.
          2. Por Internet he conocido a gente maravillosa.
          3. A la gente importante, suelo ponerle nombres.
          4. Soy de ciencias, aunque todo el mundo piensa lo contrario.
          5. Soy muy detallista. A veces, demasiado.
          6. Adoro los monólogos.
          7. Tengo un serio problema con los cuadernos.
          8. Soy feliz a ratos y, como últimamente cuento los días por ratos, podría decirse que sí, que después de todo lo que se me viene encima, soy feliz. 
          9. Soy muy amiga de mis amigos. Y eso no se lo gana cualquiera. 
          10. Adoro a mis hermanas y muero de amor cuando confían en mi. Aunque esté siempre quejándome, me gusta ser la hermana mayor.
          11. Todo el mundo debería saber lo que son los amarillos.

   Mis respuestas: 
          1. ¿Cuál es tu serie favorita? Creo que no podría decidir. Pero The Big Bang Theory es la que más me ha hecho reír, así que supongo que, si tuviera que elegir solo una, esa. 
          2. Una canción que te gusta bailar es... Elle me dit, de Mika. Me anima (casi) siempre.
          3. ¿Android o iPhone? Mi historia con los móviles es algo peculiar y, ahora mismo, no tengo ninguno. 
          4. Siempre guardas una parte de tu presupuesto para... ¡hacer regalos!
          5. Si renovaras por completo tu vestuario, te quedarías con... Nada, si lo renovara del todo sería por una fuerza mayor y querría deshacerme de las cosas que tengo. Pero eso no pasará nunca. 
          6. ¿Cuál es tu red social preferida? Supongo que twitter pero, si tuviera que quedarme sólo con una, me quedaría con blogspot.
          7. ¿Tapeo o cena tradicional? Tapeo, por la compañía y el ambiente que eso implica.
          8. Si tu casa se quemara, ¿que te llevarías en tus manos? ¡Mis cuadernos!
          9. ¿Cuál es el objetivo de tu blog? Expresarme, contar historias y compartirlas.
          10. ¿Qué prefieres la playa o la piscina? La playa.
          11. ¿Cuál es tu tarta o dulce preferido? Siendo los de mi madre... ¡no podría decidirme!

   Mis once preguntas para los premiados: 
          1. ¿Por qué escribes?
          2. ¿Eres feliz?
          3. ¿Sueles vestir según tu estado de ánimo?
          4. Dime una canción.
          5. ¿Te gusta cocinar?
          6. Completa la frase: Cuando sea mayor...
          7. ¿Anuncio preferido?
          8. ¿Tienes amor propio?
          9. ¿Cuánta felicidad cabe en la palabra "felicidad"?
          10. ¿Cómo se miden las ganas de vivir?
          11. Quiero un microcuento o relato corto con las palabras Huracán, azul y tormenta.

   Voy a dar el premio a... 
          1. Estoy hecha de cicatrices. 
          2. Stay positive.
          3. Dos palabras, ocho letras.
          4. Summertime Sadness.
          5. Realidades en trance.
          7. Funambulista Imbatible.
          8. Recuerdos azules.
          9. Vainilla sin burbujas.


¡Esto es todo por hoy! :) 

Dale Vida a Blogger

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Un Cuento sobre el viento.



“Mira las estrellas. Los grandes reyes del pasado
 nos observan desde esas estrellas.
¿De verdad? Sí. Y cuando te sientas solo, 
recuerda que esos reyes estarán ahí para guiarte,
y yo también.”

-¡Mamáááaaaaa!  Llama Carlota tan alto como sus pulmones se lo permiten.-¡Maamáááááaaaa! Y no deja de gritar hasta que comienza a oir los pasos apresurados de su madre, y se ríe, bajito, porque sabe que va a enfadarse…
-Carlota, ¿sabes qué hora es? ¿Todavía estás despierta? Mañana madrugamos, te he dicho mil veces que el pueblo de los abuelos queda lejos y si no duermes mañana estarás muy cansada.
-No me regañes, guapa.-Susurra intentando meterse a su madre en el bolsillo.- Es que hace mucho viento, y me he desvelado y ahora no puedo dormir de los nervios. Y tengo un poco de miedo, ¿van a reconocerme los abuelos después de tanto tiempo?
-Anda Carlota, qué cosas tienes… Pues claro, boba, sólo han sido dos meses… Mira, vamos a hacer un trato, te cuento un cuento para que se te vaya el miedo de este viento feo y después a dormir, ¿vale?
-¡Claro!- Dice Carlota mientras se lanza a los brazos de su madre. Le encantan los cuentos y, los de su madre, aún más.
-Está bien, escúchame atentamente…

·····
-“Vamos, arriba pequeña, inténtalo de nuevo. Susurraban Las Olas a tan sólo unos metros de donde estaba la Chica de los ojos de tormenta.
-No puedo- (se) repetía ella. – No quiero haceros daño.
Y así ocurría siempre desde que tenía uso de razón. No quería herir a nadie pero a menudo lo hacía, sin querer. Y, lo peor, al herir a los demás, se crecía, se alimentaba del temor de los demás, se hacía más y más grande, aunque por dentro se hiciera cada vez más y más pequeña. A menudo odiaba su vida, era estúpido y algo inútil ser lo que ella era. Hacía apenas un par de años que le habían adjudicado un nombre, eso la hacía feliz, y a la vez le causaba un tremendo dolor, uno de esos que ahogan y te matan poco a poco.  No, no tenía nada de bueno revolver a las personas ni a las situaciones. Hay cosas que es mejor que estén enterradas bajo siete llaves en el fondo del alma, debajo de la arena, y ella no era quién para andar levantando las losas más pesadas, sacando a relucir los recuerdos olvidados, abriendo viejas heridas y llenándolas con la sal del agua del mar. Era injusto. Pero nadie dijo nunca que fuera fácil ser un huracán.
Aquel día, ya no pudo más. No podía levantarse, no quería. Estaba enfadada y triste al mismo tiempo, mala combinación. Estaba cansada, agotada de sentimientos del corazón. Se sentó en mitad de aquella playa vacía, con su vestido amarillo y sus rizos de leona cayendo por la espalda, y como una niña pequeña se cruzó de brazos y frunciendo el ceño pronunció un “Yo de aquí no me muevo” que fue escuchado hasta en La Luna (suponiendo que La Luna sea un lugar muy muy lejano) y con el que temblaron hasta las entrañas de La Tierra. Entonces, se negó a moverse, se negó a ser. Sólo pretendía estar. Quieta, estática, sin hacer ni ruido ni daño, sin sonreír y sin llorar. Se limitaba a respirar de forma pausada, convenciéndose a sí misma que acabaría en un profundo letargo que derivaría en la muerte, como siempre había soñado.
-Los huracanes son inútiles, así que no me moveré.- les repetía a Las Olas. –No quiero, si me muevo ahora levantaré los vientos y se enfurecerán, cuando pretenda acariciaros no haré más que revolveros y provocar que luchéis unas con las otras y causar alguna catástrofe. No quiero causar más heridas, no quiero ver a las madres gritar por la vida de sus hijos, no quiero ver el pánico en los ojos azules de los niños, ni en los verdes, ni en los marrones, ni en los grises. No quiero oír el llanto de los bebés cuando intento acercarme a ellos y sin querer inundo casas y soy culpable de las historias más horribles. No, me niego. Sólo quiero que alguien me escuche, que alguien me oiga, que alguien me salve, pero por lo visto eso no es posible. Así que, abandono. Adiós. (Y eso que ella no decía nunca adiós…)


(Silencio.
Vacío.
Nada.
Y, de repende,
a lo lejos,
un sollozo.)


“¿Ya he muerto?”  Piensa Chica Huracán mientras entreabre un poco el ojo izquierdo. Pero no, sigue escuchando la cruel risa del viento y el susurro de Las Olas así que, definitivamente, no se ha movido del sitio. Seguramente no haya pasado ni media hora, ni siquiera cinco minutos.
-¿Quién está ahí? – Pregunta asustada Chica Huracán.- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
¿Qué es esa luz? ¿Por qué nadie contesta? ¿Quién solloza de forma tan mágica? ¿Qué es lo que está escondido detrás de las rocas del antiguo faro? Hace un esfuerzo, ya está calmada, algo más calmada, así que se levanta y despacio va a echar un vistazo, curiosa y a la vez muerta de miedo, en busca del autor del llanto más bello y sincero que se haya oído jamás en La Playa.
Ahí está, parece una bola de fuego, o no, mejor una estrella. Al llegar, su fuerza de huracán casi lo apaga. Sí, definitivamente es una estrella, menos mal que no se  ha apagado, y tiene forma de niño, qué cosa más rara. ¿Qué hace una estrella en la playa? ¿Por qué no está en el cielo con todas las demás?
-Hola, soy Chica Huracán, aunque si quieres puedes llamarme Mar, por la canción de Mardy Bum, ¿sabes cuál es? Es bonita. ¿Qué haces aquí? ¿Se te ha perdido algo? ¿Por qué no estás en el cielo si eres una estrella? Nunca había visto a una estrella tan de cerca, ¿sabes? ¿Puedo tocarte?
El chico la mira asombrada, no entiende lo que dice esa niña de rizos graciosos y se limita a sonreír. Hace tiempo que no habla con nadie, o quizá no tanto, pero ha perdido la noción del tiempo, y cree que no van a salirle las palabras. Carraspea un poco y, finalmente…
-Mi nombre es Sankt, aunque puedes llamarme Idiota. Y no sé qué es una estrella. Me he despertado y no recuerdo nada, sólo que hay alguien a quien debo cuidar. Creo que se llama Alv, pero no sé quién es, ni dónde encontrarle. No sé qué hacer y no entiendo por qué mi cuerpo desprende esta extraña luz, pero a veces brilla tan fuerte que me quema, y me hago daño. Por eso había pensado que, si me quedaba quieto, me apagaría poco a poco para siempre, y así dejaría de dolerme.
-No voy a llamarte Idiota, idiota… - Y ambos se ríen alto y grande- Yo en otra vida fui un Albaricoque, aunque dejé de serlo porque la gente quería comerme, ¿sabes? Y eso es un rollo, no te das cuenta cuando es de broma y cuando quieren comerte de verdad y hacerte añicos, así que desaparecí. Y ahora soy Un Huracán, aunque eso también es un poco rollo, porque no puedo evitar hacer daño a las personas y a menudo se asustan.  Puede que hayas venido a cuidarme a mí, aunque lo dudo mucho. Es que yo tengo muchas dudas, ¿sabes? Todavía soy muy pequeña. Pero lo que sé, lo tengo bien clarito. Sé pocas cosas, la verdad, pero sí sé qué son Las Estrellas y creo que tú eres una. De hecho estoy segura, tú eres un niño Estrella, lo que no entiendo muy bien es qué haces aquí. Tú tienes que estar El cielo, con todas las demás, pero yo no sé cómo se llega…
Los chicos pasan horas y horas hablando, riendo. Contando una y mil historias. Juegan a apagarse, a quedarse quietos, a enmudecer. Juegan con Las Olas hasta que La Noche acecha lentamente. Hacía tiempo que La Playa no veía a gente tan feliz. Pero anocheció y Chica Tormenta sabía que tenía que contarle la verdad a Sankt.
-Pequeño, no te he contado la verdad del todo, pero era porque tenía miedo de que tú también te fueras para siempre. No te enfades, por favor. - Sankt mira con dulzura a la niña y la abraza fuerte, porque no le gusta nada ver triste a su nueva amiga.
 –Verás, las estrellas tienen que estar en El cielo, desde ahí cuidan a las personas. Tú brillas tan fuerte que desde el cielo guiarás a Alv, le darás calor y, algún día, se dará cuenta de que lo que le llenaba de magia eres tú. Mi querido Sankt, estás hecho de polvo de estrellas, y eso es genial. Lo que ocurre es que antes te he mentido. Yo sí sé cómo se llega al cielo. Evidentemente, yo no puedo quedarme, El cielo es sólo para las estrellas y por eso no te lo he contado antes, porque quería disfrutar un poco más de ti ya que últimamente no tengo mucha visita. A veces soy un poco egoísta, pero no me lo tengas demasiado en cuenta. A la gente le doy miedo, ¿sabes? Pero un día me visitó Momo, la chica aviadora, y me enseñó a elevar hasta el cielo a quien lo necesita. Sólo tengo que soplar despacito mientras nos damos la mano y puedo llevarte en un plis a dónde necesites ir. Es lo único bueno que tengo, lo único que se hacer. Así que voy a llevarte de vuelta a casa. No me olvides, por favor. Y gracias por salvarme hoy.
-Chica Tormenta, qué tontaina que eres. Yo ya sabía que tú podías ayudarme, me lo han dicho tus ojos. No recordaba qué era una estrella pero sí que recordaba cómo leer entre líneas lo que dice tu mirada. Voy a contarte un secreto, las estrellas tenemos permisos, es como un pase VIP de esos que la gente tiene en La Tierra. Cuando encuentras a alguien tan especial como tú, aunque no te toque cuidarlo, te dan un vale inagotable, y puedo visitarte siempre que quiera. Así que, gracias, de corazón, porque esta vez has sido tú quién me ha guiado a mí. Qué ironía, ¿eh?

······

-¿Carlota? –Susurra su madre. -¿Duermes?
-No mamá, estaba imaginándome cómo sería ser un huracán, tiene que ser un rollo. Yo prefiero ser tu Chica León, eso es más divertido, y además ¡soy la reina de los animales! ¡Brrrrrrrr!- gruñe Carlota entre risas poniéndose de pie en la cama.
-Venga a dormir, mi pequeña leona. Le dice su madre mientras le acaricia los rizos…
-Mamá, ¿puedo contarte una cosa? ¿Prometes que no vas a enfadarte?
-Escúchame bien, Carlota. Siempre podrás contarme lo que quieras. Puede que en algunas ocasiones me enfade si lo que me cuentas no me gusta, pero eso es porque te quiero tanto que me preocupa que te hagas daño, o que alguien te haga daño. Dime, cariño…
-A veces, cuando me regañas, pareces un huracán. ¡Hasta me das un poco de miedo! Pero luego se me pasa, porque sé que no me porto bien del todo. Yo lo intento, mamá, de verdad que intento ser buena. A partir de mañana ya voy a ser buena siempre ¿vale? Además, cuando he imaginado a esa chica con el vestido amarillo me he acordado de ese que tienes en casa de los abuelos, el que te hizo la abuela de pequeña, es mi preferido. ¿Era así el vestido de la chica huracán? ¿No serás tú la chica huracán?
-Anda, Carlota, no digas boberías, cómo voy a ser yo un huracán…- Y abraza fuerte a su hija, su pequeña, y de sus ojos color tormenta se escapa una lágrima de nostalgia, mientras ve por la ventana una estrella que brilla algo más de lo normal.

Tormentas desde Muy Muy Lejano.


Miradlo a los ojos. Sí, son azules. Sí, son preciosos (y ahora decid que los ojos claros no os inspiran confianza). Seguid mirando, que os prometo, a aquellos que sepáis leer entre líneas, que él es capaz de tornar un poco azul los días grises, más de lo que podáis pensar a primera vista. Cuando le conocí, con el primer escrito, en el que me contaba la historia de Bruno, me hizo llorar. Pasé unas dos semanas intentando buscarle algún defecto, porque alguno tendrá que tener, ¿no? Yo, a día de hoy, aún no lo he encontrado.  

De lo (mucho o poco) que se de él, os contaré lo mucho que me fascina su odio a los e-books, y es que a mi también han intentado convencerme de que me haga con uno, pero no acabo de verlo. Es un clásico, enamorado de los libros me atrevería a decir. Igual me he pasado de lista con esa afirmación, pero oye, hemos venido a jugar.

Cuando empezó nuestra tormenta, esta de la que no quiero salir, me propuso una locura: escribir juntos. Empezó a hablar de un chico de esos de los que fácilmente me enamoraría, un chico normal, de los que les tranquiliza una ducha por la mañana y se ríen tontamente al coger el metro. Y yo le conté las andanzas de una chica a la que le costaba madrugar, alguien que adoraba los abrazos y creía en las casualidades y en los anónimos simpáticos. Le hablé de una chica que, con un poco de suerte, habría acabado por convertirse en Huracán. La historia quedó ahí, en duermevela, mientras me hablaba de un sueño. Y aprovecho para daros un consejo: nunca habléis de sueños con soñadores a menos que queráis que estos os animen a hacerlos realidad.  Y así pasó, que me regaló un sueño y me hizo formar parte de él. Me regaló la mejor de las historias de fantasía en el momento que más la necesitaba acompañada de un “creo que no te va a gustar”. Qué equivocado estaba, como casi todos los escritores al juzgar su obra.

Recuerdo que en dos ocasiones se enfadó conmigo. Bueno, no, el nunca se enfada. La primera tuvo que ver con mi osadía a la hora de querer conocer a su personaje, o quizás también un poco a él. Siempre he sido una aficionada para el juego de las preguntas y tuve que elegir ocho de entre todas las posibles, porque esa es otra, le gusta el número ocho desde mucho antes que vosotros lo tumbarais y lo convirtierais en un infinito. La segunda tiene que ver con mis negaciones a dar mi opinión sobre unos mundos que me da miedo hacer míos, cosas que pasan.

Tiene un secreto, que ha prometido contarme si me caso con él. Pero aún no se decide a pedirme matrimonio. Me debe un par de historias y un paseo por Madrid. Le debo un libro lleno de anotaciones y este regalo. En una ocasión me dijo que no se identificaba con su nombre, aquel día me asombré y el motivo es bien sencillo: Cambia las sílabas, quítale la R del ruido que hace tu desorden y, ¿qué nos queda?

A menudo dice que tiene mala suerte, y yo no se lo niego.  
Pequeño Caos, ¿a quién se le ocurre confiar en alguien con Ojos de Tormenta?

Perdonen mis sinsentidos.


Si hoy fuera mi último día de vida, me echaría a andar y a pensar. A ser posible, ambas al mismo tiempo.

Si hoy de verdad fuera mi último día de vida, echaría de menos cosas que no he tenido, y probablemente se me escapara alguna que otra lágrima. Echaría de menos no haber podido ser madre, no haberme tatuado, no haber reconocido al amor de mi vida (pues puede que ya lo conozca), a esa persona con la que ser esp(a)cial. Me hubiera gustado haber visto más sonrisas y menos llantos y, por qué no, echaría en falta que más gente me hubiera leído. Echaría mucho de menos no haber dicho Te quiero muchas más veces, pero muchas. Sí, echaría de menos no haberlo dicho más a menudo, más alto, por el simple hecho de que eso es algo que yo no digo si no siento y me habría gustado sentirlo más. 

A mamá, le diría el gracias más enorme que jamás pronunciaron mis labios, y el perdón más sincero. Gracias por los nueve meses que me llevó en su vientre, y por los veinte años que me ha llevado de la mano. Gracias por los besos, por las regañinas, por las nanas, por las caricias, por las risas, gracias por haberme enseñado a querer y por intentar enseñarme todo lo demás. Todo. Perdón por el daño que le vengo haciendo de un tiempo a esta parte. A papá le diría que le quiero, que le quiero muchísimo, y que estoy orgullosa de ser tan cabezota, porque soy así por él, como él. Me abrazaría a mis hermanas y me quedaría callada. Las abrazaría fuerte, pero fuerte fuerte ¿eh? Las llenaría de mimos, nada de abracitos de esos de pitiminí.

Estaría, también, muy agradecida a los pocos amigos que han seguido aquí, a pie de cañón, a los que llegaron hace poco y a los que han tenido el valor de quedarse todo este tiempo. Sí, son pocos, pero es que para mi, esas seis letras llevan demasiado a cuestas, y no cualquiera se gana ese título. Y no podría evitar sonreír por todas las personas a las que les puse un nombre especial y a las que el infinito se les queda pequeño para lo agradecida que les estoy, que no son pocas: Luz, Oreo, Azul, Mi Gallega, Insomnia, Chip,  Héroe, León, Mago, Chico Lobo, Pequeña de las dudas infinitas, Chico tigre, Tigresa de Bengala, Chica Tecnicolor, Caos, Tigrilla, Osadía y tantos otros…

Si mañana fuera a desaparecer, agradecería haberme equivocado tanto, pero tanto, tanto, tanto. Esos baches hicieron que me sintiera luego capaz de escalar la montaña más alta, son los responsables de que yo ya no sienta miedo o, al menos, no tanto como antes. De esos agujeros salieron los textos más sinceros y no sé si preciosos. Esos textos son parte de mi, una de las más importantes. De hecho, son la única parte de mi que será inmortal, pues hasta mi recuerdo acabará muriendo cuando lo hagáis vosotros.

Si hoy fuera mi último día en la tierra, dejaría de llorar y me veríais con una sonrisa de oreja a oreja. Os contaría secretos que llevo guardados y me arañan el alma, cantaría a pleno pulmón hasta quedarme afónica mientras el viento me golpea la cara. Me vestiría guapa, me sentiría viva, más que nunca.

Y es que, si hoy fuera mi ultimo día, estaría orgullosa de mi.

Porque se que un día, 
por un momento,
por un instante,
al menos un segundo,
fui feliz.

Pero no será hoy. 

Lunas de hiel.


-Te quiero.- Dijo él a esos ojos que lo miraban con el temor con el que mira un cordero indefenso cuando el miedo se filtra por todos y cada uno de sus poros. "Te quiero", una declaración de intenciones que nada tenía de sincera para aquellos que levemente conocemos algo acerca del querer, y a la vez completamente cierta para los labios que la pronunciaban. Pero el amor sin libertad dura lo que un estornudo. Unos labios que pensaban que el amor era básicamente un acto de obediencia, quizá a veces con un poco de más cariño, un par de regalos y adornados con alguna que otra palabra bonita. Unos labios llenos de heridas mal sanadas con alcohol. (Unos labios de esos que la abuela lavaría de buena gana con estropajo y lejía cuando nacen de ellos palabras malsonantes.)

-Yo también.- Escupió ella bajito (evitando gastar más energía de la que iba a necesitar apenas dos minutos después cuando irrumpieran en lo que alguna vez ellos llamaron hogar) a aquel lobo lleno de veneno que aullaba día sí y día también, sin tregua, sin hacer caso de si la luna estaba llena o era de miel. Y no se permitió el "lujo" de añorar ninguno de los once días en los que abrió los ojos, o los cerró. Una semana y media para darse cuenta de que la bestia no siempre actúa como tal porque sea presa de un hechizo, para entender que las inocentes promesas de novios no eran más que cuentos, y no de princesas y príncipes azules. Más bien de rojo, sus cuentos estaban teñidos de rojo, como la sangre que salió de su vientre cuando apenas dos días antes había perdido lo que pensaba que era fruto de un amor ahora claramente inexistente. De morado, quizás, como la mayor parte de su piel. O de verde, como esos ojos que la habían tenido completamente engañada. O de príncipes negros, por lo oscuro de su historia. 

-¿De verdad me quieres?- Preguntó estupefacto con un gesto de orgullo, y su pequeña culpa quedó mitigada una vez más. Lo había conseguido, por fin tenían razón de ser todos esos golpes. Ahora había aprendido, y quizá nunca más tuviera que ponerle la mano encima, o sí. Estaba tan fea…

-No me has entendido…- Pronunció la chica con una tímida sonrisa, andando despacio hacia atrás, de espaldas. Poco importaba ya si el pico de una mesa o cualquier figura del escueto mobiliario le importunaba el paso. Es más, ojalá lo hiciera, y el golpe dejara tal marca que pudiera presumir de ella orgullosa. “Es que me tropecé con el mueble bar y se me rompió el cristal del portafotos, aquel de hojalata en el que se nos ve a mamá y a mi en Viena, cuando fuimos a ver a la tía… ”. Y sería cierto, lo diría en voz alta porque por primera vez sería cierto. No tendría que volver a mentir, nunca más. 

Lo que digo… Policía, (y alguien echa abajo la puerta y el futuro de aquella bestia que nunca fue real). Está rodeado, no se mueva, las manos en alto, queda usted detenido…

Lo que digo es que yo también me quiero.


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Si mezclamos en un caldero unas notas de piano de la mano de Ella
Sonrisa, Viena, Luna y Once... ¡Pum!