Conocí a While en un paseo por pArís con sabor a vainilla,
y desde entonces quiero quedarme a dormir en su nombre.
Ella os cuenta mi secreto al comienzo, yo el suyo al final.
Paz era los besos de por la mañana y por la noche. La brisa del mar en el pelo y el sonido de las olas correteando por las rocas puntiagudas de la costa. Paz era sonrisas de personas mayores, abrazos en la cama y caricias en el pelo que destilaban amor por cada punta del dedo.
Paz era desayuno con fresas y nata, cucharadas de nutella y canciones que te mecen antes de dormir. Era parpados que olían a amor, polvo de estrellas y tranquilidad. ¡Oh, sí! Paz era la tranquilidad que al mundo le faltaba, las plumas en la cara haciéndote cosquillas durmientes, la respiración profunda después de hacer el amor. Paz era paz, y por eso destruía todo atisbo de guerra que me aguijonaba los pulmones, todo odio que se anidaba bajo los párpados y la rojez de mi ira.
Paz era inseguridades, y confianza, a veces por separado y, en las mejores ocasiones todo junto, como un simpático remolino. Era la mezcla de todas las cosas bonitas, las más bonitas, las letras llenas de magia danzando en el tejado y los suspiros al principio y al final de cada historia.
Paz también fue, al principio, miedo, de los que asustan pero nos empujan a tirar un poquitín más del hilo; y un poco de envidia, de la sana, claro. Cuando empecé a conocerla era algo de pArís y un poco de mí. Entonces vino el frío por fuera y ella llegó con el calor de dentro, y los griegos nos acunaron a las dos en nuestro pequeño gran secreto.
Paz fue. Paz era. Paz es.
Y lo mejor de todo es que, por qué no, vamos a arriesgarnos…
paz va a seguir siendo Paz durante mucho, mucho tiempo.