Ella ya quería ver el mar antes de conocerle. Había soñado mil veces el momento en que sus dedos rozaran las olas por primera vez, había inventado ese instante cada noche, y cada minuto del día. Por eso al verlo aparecer todo se volvió confuso.
Ella ya quería ver el mar antes de conocer sus ojos y perderse en ellos. Recuerdo sus primeras impresiones: 'Tuve miedo, mucho'. Sintió pánico de aquel abismo. ¿Podían ser reales esos dos pequeños océanos?
Y tanto le dolió, que no quiso volver.
El mar siempre fue símbolo de libertad, sinónimo de las ganas y reflejo de los recuerdos. Quizá por eso nunca llegó a entender cómo podían esos ojos azules tener dentro tanta tristeza. Y quizá por eso se fue, sin mirar atrás, sin querer hacerse más daño del que en un efímero instante se había causado. No conocí a nadie tan consecuente con sus sentimientos, tan fría, quizás, tan segura de si misma, ni tan triste. Pero no la conocéis, así que no juzguéis su historia.
Nunca volvió a pisar el mar, porque no quiso llorarle; y él nunca volvió a llorar, para no recordarla a ella. Y entre la arena de la playa quedó enterrada su breve y fugaz historia.
Lástima que, en los días de tormenta, el viento sople tan fuerte que remueva la arena y los recuerdos...

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